La primavera tenía un precio

Parece que hemos vuelto a tener, estos días, un poco –demasiado– de controversia cultural a raíz de la publicación en castellano de lo que ahora consideramos que es la mejor novela de Mercè Rodoreda. David Uclés, la reciente estrella de la literatura castellana (lleva treinta ediciones vendidas de su primera novela, y la segunda, premiada con el Nadal, se está vendiendo bastante bien) escribe un epílogo e incluso ilustra, más bien feamente, la cubierta de la obra. A algunos líderes de opinión se les ha ocurrido criticar la propuesta, como si la literatura catalana no pudiera ser prologada por autores castellanos, por más que es el éxito de Uclés el que hace que pueda ser tentador que su nombre acompañe la novela de Rodoreda de cara a los lectores de España. Uclés, guste o no lo que escribe (y debe gustar, porque se vende) puede servir para atraer lectores, en un país, España, donde ni Rodoreda ni ningún catalán ha hecho mucha fortuna literaria escribiendo en catalán (pero sí los catalanes que han escrito en castellano, de Gironella a Cercas pasando por Mendoza… ). Uclés, sin embargo, no deja de ser un síntoma, y ahora ya un símbolo. Es indiferente que su literatura sea floja –como apunta la mejor crítica–: vende. Y porque vende se le da después un premio como el Nadal, porque ya se había hecho un nombre, por bien que se sepa que, cuando no era nadie, intentó ganarlo unas cuantas veces. Ya sabemos el pan que se da, pues: se le da un premio porque ya es alguien, no porque haya hecho un buen libro (todo el mundo dice que es una tontería). Antes, sin embargo, las cosas no funcionaban así. Los editores pretendían dirigir el gusto del público, no satisfacerlo o amoldarse a él ciegamente. La literatura, o más bien el mundo del libro comercial, es una más de las ramas de la economía de la atención, la cual ahora mismo también da forma a la cultura. ¿Quién llama la atención? ¿De quién se habla? ¿Quién consigue atraer las miradas y centrar las conversaciones, o los artículos, aunque sea para oponerse? Pues aquellos de quienes hablamos consiguen traducir esa atención en dinero, sea a través de la literatura o de la política. Eso es el trumpismo, pero también es Rufián, que afirma estos últimos días que prefiere estar en TikTok antes que en las bibliotecas; es en TikTok donde la gente pasa más horas ahora mismo. Y sabemos que tiene razón, pero al mismo tiempo sabemos que no debería tenerla. Hay gente muy hábil para saber dónde se tienen que poner: captan qué tienen que decir, qué tienen que hacer, con quién se tienen que relacionar para capitalizar la atención dispersa. Lo ha hecho Mendoza esta semana hablando contra Sant Jordi, y lo hace Uclés acercándose a un referente del cual nunca se ha dejado de hablar: sea Rodoreda o una ciudad de Barcelona reducida a museo de folklorismos culturales, a imágenes de camiseta, como la que él mismo ha elaborado para la cubierta de La mort i la primavera. Que todo esto sea polémico o criticado le favorece, curiosamente, no hace falta decir que mucho más que si fuera excelente y, por lo tanto, no hiciera levantar los ojos de la pantalla a nadie… Viva la cultura.