Pobres contra pobres

El engaño no es sofisticado, pero sí efectivo. La rueda del sistema gira a favor de los capitalistas, que siempre ganan en esa ruleta de la mala suerte. Por otro lado están los pobres, quienes alquilan por horas sus cuerpos y cerebros a cambio de un salario que deben gastar para alimentar el estado 'natural' de las cosas.

A veces, las cosas llegan a un punto insostenible, como el que nos ha tocado vivir. Por no tener, los desposeídos no tienen ni siquiera una casa en la que esconderse cuando llega la noche. Otros, que tienen la suerte de dormir bajo un techo, sólo disponen de recursos justos para sobrevivir. Y también algunos creen que viven bien porque, aunque están un poco ahogados por los gastos, todavía pueden permitirse el 'lujo' de ir a hacer unas cañas con los amigos.

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¿En qué consiste el engaño del que hablaba al principio de este artículo? Al aceptar la versión de los poderosos y estar convencidos de que los causantes de nuestras desgracias son las personas más pobres que nosotros. No hay nada tan pobre como señalar a los demás pobres como culpables. El sistema nos tiene así domesticados. Somos un rebaño donde nos devoramos unos a otros para diversión de una minoría de espectadores.

¿Pasaría lo mismo con unas condiciones dignas de vida? Si el derecho a la vivienda se cumpliera, si los salarios más bajos fueran dignos, ¿si los alimentos no supusieran un sacrificio? Sospecharíamos unos de otros? Sospecho que la respuesta es clara: no, no pasaría.

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Nos equivocamos de enemigos: no son los que están a nuestro alrededor, o por debajo. Debemos señalar hacia arriba, hacia aquellos que se pegan la gran vida a expensas de la pobreza de los demás. Aquellos que viajan en jet privado, mientras que hacemos cola para meternos en un bus en el que no hay espacio casi ni para respirar. Aquellos que nadan en las piscinas de sus mansiones mientras que nos ponemos delante del ventilador para que nos pegue un poco de aire en verano. Los que comen productos gourmet mientras que calculamos por el pasillo de un supermercado si nos basta lo que nos queda en el banco para hacer esa compra.

Los culpables no son los inmigrantes, ni los indigentes, ni los que viven en barriadas que nos han dicho que son lugares indeseables. En definitiva, los culpables no son pobres. Los culpables están sobre nuestras cabezas, preparadas para pisarnos en la primera ocasión que puedan hacerlo.