Somos pacientes de segunda: el catalán en el IB-Salut
Señor, que ya ha puesto un seis delante de la cifra que dice mi edad, hasta ahora le he salido barato al sistema público de salud. Si cuento todas las atenciones, pruebas, tratamientos e intervenciones que me han hecho a lo largo de la vida, como afortunadamente no han sido muchas, el balance económico le sale favorable al IB-Salut. Pero no lo negaré: he empezado a tener cositas. Tontadas sin importancia, piezas que se desgastan por el uso continuado de la maquinaria. Y como más vale prevenir que curar, he empezado a pasar unas cuantas revisiones. Entre los médicos que me han visitado ha habido un par de sudamericanos con quienes no he tenido ningún problema cuando me he dirigido a ellos en catalán. Ellos me responden en castellano sin ningún problema, ni yo tampoco. En la segunda visita, uno de estos médicos se animó a chapurrear en catalán, y lo animé a continuar porque lo hacía buenísimo. La Carta de derechos y deberes del usuario de la sanidad del Gobierno me dice que tengo derecho a obtener información, verbal y por escrito, en un lenguaje comprensible y en la lengua oficial de las Islas Baleares que elija. A los médicos que me han atendido no les he pedido nada más que lo que han hecho: que me entiendan cuando me dirijo a ellos en catalán. Muchas gracias. Pero al sistema público de Salud, a la administración sanitaria, sí que le pido –le exijo– que la documentación me sea entregada en catalán: escritos de citación y derivación, informes de diagnóstico, consentimientos informados, resultados de analíticas, instrucciones sobre la medicación, consejos terapéuticos. Pues no. Imposible.
Lo he pedido unas cuantas veces al personal sanitario o administrativo que me ha atendido, pero me dicen que el sistema informático escribe en castellano. Se me pasó por la cabeza si podía tratarse de una terapia de prevención de las funciones cognitivas: te dan papeles en una lengua que no es la tuya para hacer trabajar las neuronas. Pero lo descarté rápido. Como todos los ciudadanos y ciudadanas somos iguales, si esta fuera la razón, a los pacientes en castellano les darían los papeles en catalán y resulta que no. Me decidí a presentar una queja formal al Servicio de atención al usuario. Les dije que, de manera invariable, toda la documentación que se me facilita para cualquier gestión de salud es en castellano y, apelando a la Carta de derechos y deberes, les rogué que, de la misma manera que sin pedirme nada antes, hasta ahora se ha emitido toda esta documentación en castellano, a partir de ahora, sin que tampoco lo tenga que pedir expresamente, toda la documentación me sea entregada en catalán.La respuesta me llegó tan solo una semana más tarde. En eso sí que fueron eficaces, pero en la resolución de la queja, no. Me dicen que, lamentablemente (¿lo lamentan ellos o soy yo quien tiene que lamentarlo?), no lo pueden garantizar, y me dan deberes: que sea yo quien solicite la traducción de los informes, los historiales y cualquier otra documentación que no reciba en catalán. Es decir, de todos. Como hablamos de salud y un día la cosa podría ser grave, tienen la amabilidad de añadir que la traducción se llevará a cabo con la máxima diligencia posible, como quien dice ‘haz el esfuerzo de no morirte antes’. Entonces se extienden a argumentar la negativa: “El sistema informático actual no permite seleccionar el idioma de generación de documentos, y muchos se crean de manera automática, sin que podamos disponer de ellos en ambos idiomas”. Ahora está claro que el sistema informático sufre una alergia o una intolerancia a la ce trencada y a la ela geminada. En el último párrafo me dicen que algunos profesionales no tienen el nivel de catalán necesario para redactar los informes en esta lengua. Vaya, curioso. ¿No son los actuales gobernantes los que han eliminado el requisito de catalán? Entiendo y comparto que ante la falta de personal que afecta al sector sanitario se deban hacer excepciones temporales para cubrir puestos de trabajo sensibles, y es por ello mismo que no he pedido a los médicos que me han atendido que se dirijan a mí en catalán, ni que sean ellos los que deban escribir los informes en catalán. De hecho, no he pedido nada a los médicos: lo pido al IB-Salut, a la institución, al sistema público que estoy pagando. Y es este, y no los médicos, el que me da calabazas. Técnicamente es imposible, dicen, pero en realidad no es una disfunción informática, sino un problema de salud. El sistema sufre una enfermedad degenerativa que, como es propio de las dolencias de este tipo, cada vez va a peor. Se pierden las capacidades motoras, cognitivas y sensoriales. El sistema se olvida de hacer cosas básicas, va perdiendo la memoria y las habilidades, hasta que algunas funciones no se pueden recuperar nunca más.