No sólo el qué, también el cómo

En mi último artículo, 'Más allá del crecimiento', planteaba que vivimos atrapados en el conflicto capital-vida: una tensión estructural que convierte a la economía en una maquinaria de extracción permanente mientras erosiona las bases materiales y sociales que sostienen la existencia. Es la realidad cotidiana de un mundo acelerado, precarizado y ecológicamente desbordado, en el que las emergencias se cronifican y la política a menudo gestiona los síntomas mientras protege las causas.

La reflexión venía alimentada por los debates del Foro Social Más Allá del Crecimiento, un espacio donde movimientos sociales, sindicalismo y academia coincidimos en una idea clave: el decrecimiento —o poscrecimiento— no es un eslogan, sino una práctica de reorganización económica y cultural orientada a garantizar vidas dignas dentro de los límites biofísicos de los territorios biofísicos de los territorios biofísicos de los territorios. Hablamos de alianzas amplias, de soberanías por recuperar y de imaginarios por disputar. Hablamos, sobre todo, de conflicto y de alternativas reales.

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Es en este mismo hilo en el que se inscribió la participación el pasado viernes en el Fórum de la Economía Social del Camp de Tarragona, el FESCT, organizado por la CoopCamp. Un espacio que pretende aterrizar estas ideas en el terreno de la economía social y solidaria. Si en el Fórum debatíamos marcos globales y horizontes civilizatorios, en el FESCT poníamos cuerpo y herramientas a la pregunta clave: cómo se organiza la vida cuando dejamos de poner el crecimiento económico en el centro? ¿Cuándo la sostenibilidad de la vida se convierte en el horizonte político de la transformación social y supera el orden impuesto y se enfoca a la reproducción del capital? Cooperativas, redes comunitarias, finanzas éticas, cultura crítica y formas democráticas de producción no son piezas marginales, son infraestructuras materiales de otro modelo posible y deseable y de otra economía posible y deseable que queremos reivindicar. Es desde este marco, el de las economías transformadoras, que la economía social no es un nicho más dentro del capitalismo, sino que es una grieta, una fractura, una (otra) posibilidad: democratiza y cuestiona la propiedad, arraiga la actividad en el territorio, prioriza el uso por encima del lucro y reconoce que sostener vínculos— es el auténtico centro de cualquier sistema económico que merezca ese nombre en una reapropiación y resignificación necesaria. Exactamente lo contrario del productivismo que convierte todo lo vivo en mercancía.

En la jornada del FESCT nos adentramos, además, en los fabulatorios -laboratorios para (con)fabular-: espacios colectivos para fabular futuros habitables y entrenar la imaginación política. En tiempos de colapso y distopías normalizadas, imaginar no es evadirse: es disputar el relato de lo realista. Ahora, más que nunca, hay que salir del marco mental de la inevitabilidad y construir lenguajes, escenas y prácticas que hagan pensable —y deseable— una sociedad postcapitalista, feminista, antirracista y ecológicamente viable. Esa dimensión cultural y narrativa es inseparable de la transformación material. Sin nuevos imaginarios, las políticas valientes parecen imposibles. Sin prácticas concretas, los imaginarios se disuelven en retórica. Por eso, espacios como el FESCT y los fabulatorios dialogan tan bien con lo que defendíamos en el Fórum: hay que articular pensamiento, acción y comunidad; hay que coser economía, cultura y democracia.

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Es lo que también intentamos hacer en nuestro contexto, poniendo a debate las fabulaciones en torno a la propuesta del estudio Impactos sobre el trabajo de la transformación ecosocial en las Islas Baleares. Con este estudio intentamos traducir el marco decrecentista en propuestas tangibles para la transformación ecosocial de la economía balear. Ante el relato único que equipara progreso con monocultivo turístico, planteamos diversificar el modelo productivo, reducir dependencias, reforzar sectores que sostienen la vida y repensar el trabajo más allá del salario: redistribuir tiempo, reconocer cuidados, fortalecer vínculos y democratizar la planificación económica. No es sólo de qué viviremos, sino cómo viviremos.

Esto es lo que esta semana también hemos podido poner en discusión en el marco de los IV Encuentros de CES territoriales de CCOO, unas jornadas a las que nos han invitado para hablar de esta propuesta de transformación ecosocial. La propuesta toma el cambio climático como punto de partida de las nuevas realidades a las que deberemos hacer frente y en las que necesitamos una alianza fuerte de las propuestas ecologistas y el mundo del trabajo y el sindicalismo, más allá del trabajo asalariado. La transición ecosocial sólo será viable si es justa, y sólo será justa si pone el mundo del trabajo en el centro y asume que la dimensión de justicia social es el corazón de cualquier alternativa transformadora que permita reconducir la economía de los territorios.

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No es un camino fácil. Implica conflictos, renuncias y una disputa abierta con los poderes establecidos. También una disputa con los límites de nuestros propios marcos mentales que debemos atrevernos a romper y desbordar. Y esto es lo que hacemos en estos espacios de diálogo y pensamiento colectivo, atrevernos a desbordar la centralidad del crecimiento, para dejar de preguntarnos cómo crecer y pasar a preguntarnos cómo vivir —y vivir mejor— con dignidad, justicia y límites.