Nieve en la nevera

No creo equivocarme si digo que buena parte de los recuerdos que nos llevaremos de este verano tienen que ver con el sol. Más allá del calor insoportable, la posibilidad de haber podido ver un eclipse total no es algo que ocurra cada verano. Hubo gente que pasó horas esperando o que se gastó una buena suma de dinero para tener un sitio en primera línea de mar, aunque algunos no pudieron evitar que una nube llegara en el momento más inoportuno.

El filósofo y sociólogo alemán Hartmut Rosa reflexionó hace unos años precisamente sobre el concepto de lo indisponible. De forma resumida, su tesis es que buena parte de las cosas y situaciones importantes que nos ocurren en la vida nos son incontrolables, no podemos disponer de ellas. Rosa se refiere a momentos importantes, como decidir qué carrera estudiar o casarnos con una determinada persona, pero también a situaciones más comunes, como disfrutar de la nieve. ¿Quién no ha deseado, cuando era niño, una buena nevada en su pueblo y poder jugar con la nieve y lanzar bolas o hacer muñecos como en las películas? Pero el hecho es que, fuera de las latitudes muy septentrionales, esto solo ocurre de vez en cuando y es una experiencia tan intensa como inesperada y efímera. La experiencia de disfrutar de una nevada en nuestro hogar es un ejemplo paradigmático de lo indisponible.

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Ser conscientes de esto nos lleva a buscar una forma diferente de relacionarnos con nuestro entorno. Rosa habla de entrar en resonancia con las cosas en lugar de controlarlas. Continuando con el ejemplo anterior, sabemos que no podemos disponer de la nieve, cogerla y ponerla en el congelador para cuando queramos usarla. Lo que sí podemos hacer es dejarnos tocar por la nieve, evocar bellos recuerdos o sentirnos transformados con su contemplación.

La resonancia no es la respuesta para evitar la indisponibilidad, sino para evitar la frustración. Esto no impide que haya una tendencia a querer reducir esta indisponibilidad. De hecho, uno de los rasgos característicos de la modernidad es, precisamente, el esfuerzo por reducirla y asegurar el control sobre aquello que nos rodea. Continuando con el símil de la nieve, esto se puede conseguir desde el momento en que la técnica nos permite crear nieve artificial, de la misma manera que alguna gente alquiló aeronaves para poder ver el eclipse evitando una posible nubosidad. No se nos debe escapar, sin embargo, un detalle: a diferencia de la natural, la nieve artificial no es para todos, sino solo para la gente que puede pagar la entrada para acceder a ella.

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Pagar por una experiencia la hace disponible para quien se lo puede permitir, pero no la hace más valiosa. No debemos caer en la trampa de confundir lo indisponible con el lujo o la exclusividad; es ridículo comparar lo que siente un niño que ve nevar en su casa por primera vez con lo que siente el millonario que sube a su megayate. Aquello de lo que disponemos, aunque sea pagando, pierde la gracia. 

El pasado día doce, en nuestra casa, vimos el eclipse en la azotea, en Porreres, en medio del pueblo. Había algunos vecinos en las azoteas de alrededor. No era el lugar ideal para verlo, pero para nosotros fue un acontecimiento que, desde la casa donde vivimos y han vivido mis padres, abuelos y bisabuelos, nos permitió construir un recuerdo compartido y único.