Miquel López Gual

Muros de la dignidad: ¿recordar sin explicar?

Sorprende que, después de derogar la ley de memoria y reconocimiento democráticos, el Gobierno de las Islas Baleares promueva ahora la instalación de lo que ha llamado ‘muros de la dignidad’, unos espacios que deben contener los nombres de las víctimas de los bombardeos durante la Guerra Civil en las Baleares.La idea, en sí misma, no nos parece mal. Memòries de Menorca hace tiempo que defendió la colocación de alguna escultura que recordara los bombardeos y las víctimas. Pero cualquier iniciativa de este tipo debería ir acompañada de una explicación que permitiera contextualizar los hechos —los estudios históricos los tenemos. Porque recordar nombres sin explicar por qué aquellas personas murieron corre el riesgo de convertir la memoria en una simple relación de víctimas desligada de las causas y de las circunstancias históricas.De hecho, la voluntad de recordar a las víctimas de los bombardeos no es nueva. El mismo 1937, en Mahón, se iniciaron los trabajos para instalar un monumento “que recuerde a las generaciones venideras la actuación criminal de la aviación facciosa que, en sus ataques a esta población, ha ocasionado muchas víctimas y destruido edificios’”. El monumento, sin embargo, no se llegó a erigir, entre otros motivos, porque la situación económica fue empeorando.Terminada la guerra en Menorca, el 9 de febrero de 1939, la memoria de los bombardeos fue profundamente alterada. De las víctimas civiles no se quiso hablar, ya que los ataques habían sido efectuados por la aviación italiana que operaba desde Mallorca al servicio de los sublevados. En cambio, sí que se rindió homenaje a los aviadores italianos muertos al caer sobre la isla, los cuales reposan hoy bajo un pequeño monumento situado cerca del obelisco del recinto antiguo del cementerio de Ciudadela. La memoria, también entonces, seleccionaba qué había que recordar y qué convenía olvidar.En el informe Los bombardeos aéreos provenientes de las Islas Baleares y los bombardeos ocasionados en las Islas Baleares. Cuarto Plan de fosas 2023-2024. Gobierno de las Islas Baleares’ que elaboramos el compañero Carlos de Salort y yo mismo —y que ahora está en acceso abierto—, pudimos incorporar documentación inédita que procedía del trabajo que durante los últimos siete años hemos desarrollado en archivos militares y municipales. Esto nos ha permitido sistematizar, especialmente, las operaciones aéreas efectuadas desde Mallorca y las que tuvieron a Menorca como objetivo.No hace falta reproducir aquí todos los datos del informe, pero algunas cifras permiten entender la magnitud del fenómeno. La sistematización de los partes y hojas de vuelo conservados en los diferentes archivos militares nos permitió documentar un total de 1.416 ataques —bombardeos o ametrallamientos— efectuados desde Mallorca, con una intensidad especialmente elevada durante 1938. Hemos localizado cerca de 70 lugares atacados. Barcelona, con 158 ataques, y Valencia, con 154, figuran entre las ciudades más castigadas.Es imposible establecer cifras completamente definitivas en cuanto a las víctimas y los destrozos, pero hablamos de miles de muertos. Solo en Barcelona, las estimaciones se sitúan entre las 2.500 y las 3.000 víctimas mortales; en Valencia superaron las 800. Y, por supuesto, una parte muy importante de estas muertes fue provocada por aviones que habían partido de Mallorca.Es aquí donde la misma iniciativa del Gobierno plantea otra pregunta. Si realmente se quiere recordar a las víctimas de los bombardeos y evitar que su recuerdo quede únicamente en los archivos y en los estudios históricos, ¿por qué limitar la mirada a las personas que murieron dentro de las Islas? ¿Por qué no se ha pensado también en un memorial en Mallorca que recuerde a las miles de personas que murieron bajo las bombas de los aviones que salieron precisamente de la isla? Si queremos explicar la historia de los bombardeos en las Baleares, esta realidad también forma parte de ella.La cronología, además, es importante. Buena parte de las operaciones republicanas sobre Mallorca se concentraron en el contexto de la expedición de Bayo y la batalla de Mallorca, durante los primeros meses de guerra, en el intento de las autoridades republicanas de recuperar una isla que había quedado en manos de los militares sublevados. Es decir, en acciones de guerra contra un golpe de estado.En Menorca sucedió prácticamente lo contrario: a medida que avanzaba el conflicto, los ataques y las operaciones aéreas se intensificaron. Nuestra investigación nos ha permitido, incluso, documentar otra víctima mortal del bombardeo de Ciudadela que no aparece en las cifras de 29 muertos que se han hecho públicas estos días. Resulta curioso que el mismo Gobierno que difunde esta cifra disponga del informe donde esta víctima está documentada.Pero los bombardeos fueron mucho más que una treintena de muertos. En Menorca significaron también la afectación o destrucción de casi 300 edificios y, sobre todo, dejaron una huella profundísima sobre diversas generaciones.Durante estos últimos años hemos entrevistado a personas que eran niños cuando vivieron la guerra y hemos recuperado numerosos testimonios recogidos anteriormente. Una parte considerable de las historias y anécdotas que nos han contado están relacionadas con los bombardeos. Actuaron, en este sentido, como auténticas cápsulas de memoria.Pero lo que fijó estos recuerdos no fue únicamente la destrucción, sino sobre todo el miedo: el sonido de las alarmas, las carreras hacia los sótanos y los refugios, la incertidumbre sobre dónde caerían las bombas. La aviación permitía trasladar la guerra sobre una población civil que hasta entonces había podido sentir el frente como una realidad relativamente lejana. Los bombardeos se convirtieron así en un instrumento de guerra psicológica sobre la retaguardia. Las sirenas del terror marcaron la cotidianidad menorquina, las bombas transformaron el paisaje urbano y segaron una treintena de vidas.Todo esto fue una constante desde septiembre de 1936 hasta el mismo 8 de febrero de 1939, cuando Mahón fue bombardeada pocas horas antes de la rendición de la isla. Reducir esta experiencia histórica a una enumeración de muertos, sin explicar quién bombardeaba, desde dónde, en qué contexto y con qué objetivos, nos parece una manera demasiado pobre de abordar el pasado. El análisis histórico permite distinguir entre causas, contextos y responsabilidades.Hace poco, el profesor David Ginard recordaba unas palabras de Josep Massot i Muntaner, que precisamente había estudiado los bombardeos sobre Mallorca muchos años atrás: “para mí, las víctimas de un bombardeo son muy respetables, tanto si eran de un lado como del otro, pero no creo que haya que tributarles ningún honor especial, sino lamentar los resultados de una guerra fratricida y hacer lo posible […] para que nunca se repita un desastre semejante. No te diría lo mismo de las personas asesinadas en una ‘sacada’, que merecen un recuerdo especial”.La distinción es importante. Si cualquier persona muerta durante una guerra pasa automáticamente a formar parte de una misma categoría de ‘víctimas’ desprovista de contexto, ¿dónde situamos el límite? ¿Incorporamos a los muertos en el frente? ¿A los muertos en accidentes? ¿Y a las víctimas de las epidemias y del hambre? El problema no es recordarlas. El problema es confundir el recuerdo y el duelo con una política pública de memoria que necesariamente debería explicar las causas, las responsabilidades y los diferentes tipos de violencia.El peligro de un uso abusivo de la memoria, como advirtió Tzvetan Todorov, es precisamente acabar banalizándola. Porque todas las muertes son terribles, haríamos bien en no simplificarlas ni ponerlas todas dentro del mismo saco. Es en las diferencias, en los contextos y en los matices donde encontramos las explicaciones que nos permiten comprender verdaderamente la magnitud de la tragedia.Por eso resulta difícil no ver una contradicción en la política del gobierno balear. Se deroga una ley de memoria democrática y, al mismo tiempo, se promueve una memoria de las víctimas de los bombardeos presentada prácticamente sin conflicto político, sin victimarios y sin casi ninguna explicación sobre las causas de la guerra. Es una memoria cómoda, porque puede quedar vacía de contenido político e histórico.En cambio, en Menorca, el mismo interés institucional no se ha manifestado hacia el Muro de la Memoria que se instalará en el cementerio de Mahón. Si de lo que se trata es de dignidad, había una oportunidad bien evidente: dignificar el espacio del cementerio de Mahón donde restan más de un centenar de republicanos fusilados, durante décadas recordados únicamente por una placa que el tiempo casi ha borrado.Recordar a las víctimas de los bombardeos es necesario. Nosotros mismos lo hemos defendido. Pero recordarlas bien significa explicar también qué les pasó, por qué les pasó y en qué guerra les pasó. Sin contexto, la memoria corre el riesgo de convertirse en una sucesión de nombres sobre una pared, desligados de los procesos históricos que los convirtieron en víctimas. La dignidad no debería consistir solo en recordar sus nombres, sino también en explicar su historia.