Cuando la caché, cae todo

Hace unos días, la mayoría parlamentaria decidió derogar la ley de memoria democrática, de la que tuve el honor de ser ponente en mis últimos días como diputado. Un texto que dispuso en su momento de un consenso muy amplio en su articulado, incluido el apoyo del PP en muchos de sus puntos, como ya había ocurrido antes con la Ley de fosas. Cuesta digerir que normas que llegan tarde, pero que en todo caso tratan de aportar verdad, justicia y reparación, como siempre ha reclamado el movimiento memorialista, puedan ser tumbadas con esa facilidad. También me cuestan digerir estos cambios de posición de partidos que aspiran a gobernar para una mayoría social, en menos de una década.

Y es que en estos últimos años, y especialmente después de la pandemia del 2020, muchas cosas han cambiado en la sociedad en general. Algunos hablan de 'polarización', pero yo lo que veo es, sobre todo, una normalización de la violencia y los malos modos que afecta también a las formas en que se desarrolla el debate en el ámbito público pero también a las conversaciones privadas, con alguno de los grupos de WhatsApp que cualquiera de nosotros tiene en el móvil, o incluso alguna cena familiar o con colegas, como ejemplo.

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No quiero decir con esto que esté de acuerdo en establecer conversación con cualquier posición (con esto somos más de Karl Popper: la tolerancia ilimitada nos puede conducir a la muerte de la tolerancia), pero sí debemos hacer una pausa y repensar muchas cosas, sobre todo como las hacemos. El anarcocapitalismo autoritario, además de llevarnos en estos momentos hacia una guerra mundial innecesaria, es el sistema que nos ha puesto en este cruce: a escala estructural, el poder económico ha fagocitado al poder político, y ha reducido las democracias a una cuestión formal y las desigualdades crecientes, a un escenario que sólo se puede mantener ejerciendo la violencia. A escala cultural –y puede que ésta sea la herramienta más poderosa–, las redes sociales (y los medios de masas en general), que son a la vez medio y mensaje, no sólo han esparcido visiones del mundo, modelos sociales y valores que incluso niegan la humanidad (sobre todo la de los que consideramos distintos de nosotros)… Es que también son performativas de las formas de comunicarnos. En este sentido, no hace falta estar enganchado a las redes sociales para ver cómo lo que más triunfa en términos algorítmicos es el odio, los malos modos, la falta de respeto a los demás. Esta forma de 'comunicar' no sólo ha hecho que vivamos tiempo de posverdad, donde ya no sabemos qué creer o no; también han modificado nuestras formas de conversar, de dialogar, de relacionarnos. Para simplificar, hemos asimilado el estilo 'haterde muchos influencers, sin darnos cuenta.

Evidentemente nuestra capacidad de acción también se ve afectada por la manera en que la estructura social, económica y política nos condiciona, y por la forma en que el mundo virtual modela nuestra forma de pensar y actuar. Desde nuestro individualismo, pasando por el consumismo, el machismo y un racismo interiorizado, que hacen que no valoremos las vidas de quienes consideramos inferiores al igual que las nuestras, son parte de este 'triunfo' cultural de los tiempos que nos ha tocado vivir.

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Este análisis, complejo pero muy simplificado en este artículo, es lo que me aferro cuando veo cómo la mayoría de nosotros mira hacia otro lado mientras se siguen asesinando civiles impunemente en Gaza, Irán y Líbano, Sudán, Yemen y Ucrania. O cuando cientos mueren tratando de llegar a las costas de Baleares. O cuando miles (sí, miles) de familias de esa potencia turística viven en una triste habitación. O en la prisión vieja de Palma. O en Can Misses. O antes en Can Rova. Y lo normalizamos, como si no fuera con nosotros.

Volviendo a la infamia de la derogación de la ley de memoria democrática –la literalidad de la frase ya es estremecedora–, yo sólo pienso en la veintena larga de campos de concentración que había en Baleares después del 36. ¿Cuántos isleños lo saben, eso? ¿Cuántos saben, por ejemplo, que los campos de concentración les inventó también un mallorquín, el general Weyler, procurando la muerte de casi un tercio de los cubanos a finales del XIX?

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Hablando de Cuba, aquellas tierras caribeñas que colonizamos en el pasado parece que ahora sólo nos interesan mientras generen plusvalías en 'nuestras' corporaciones empresariales turísticas. Tampoco entiendo cómo viajar a las Antillas Mayores en estos momentos en que Estados Unidos –y no el comunismo– está sometiendo al hambre y la precariedad extrema al pueblo de Cuba, y que nuestra presidenta, por mucho que no comparta el modelo político de la isla, no tenga ni una sola palabra ni un solo gesto para una tierra y un solo gesto para una tierra baleares y pitiusos. Memoria también es esto. Cuando se nos hurta, se pierde lo poco que nos queda de humanidad.