Libros que quedan contigo
PalmaBajé las escaleras del avión y crucé la terminal hasta la cinta de equipajes sin apenas separar la vista del libro que sostenía entre las manos. Me senté directamente en el suelo porque quería saber cómo acababa Ensayo sobre la ceguera, la maravilla distópica de Saramago. No puse pegas a la puntuación heterodoxa, porque estaba inmerso en esa sensación indescriptible de cuando un libro te agarra por la camisa y te lleva donde quiere. Cuando recuperé la conciencia y cerré la solapa, mi maleta era la única que daba vueltas en un eterno regreso. Sentí el vacío, acompañado de la necesidad de encontrar otro libro capaz de generarme esa conexión; la que se siente con una película, una serie, un disco o una obra de arte.
La primera vez seguramente fue de niño con La historia interminable, la novela de Michael Ende impresa en dos colores, que leía con linterna bajo el edredón para no arriesgarme a que las quejas de mi hermano por la luz me obligaran a dejarla. Luego llegarían otros: el final de El amor en tiempos de cólera a la luz de una vela por una inoportuna (o quizá bendita) pana mientras escuchaba la música de García Márquez con las palabras; los golpes secos de El poder del gos, adictivo como la cocaína de su fresco sobre el narcotráfico; el día lluvioso en el porche de una casa de Formentera devorando Libertad de Franzen (al igual que después Las correcciones); la urgencia imperiosa de volver a casa para reanudar Tan poca vida, una lección de cómo convertir el melodrama en literatura desde las entrañas; la belleza seca y abrumadora de Los girasoles ciegos o, más recientemente, la sensibilidad y las dotes excepcionales para el retrato de Alana S. Portero en La mala costumbre. Hay libros que acuden a ti como salvavidas en momentos oscuros, difíciles. Me regalaron Cumbres borrascosas cuando era incapaz de leer, consumido por la ansiedad. Y leerlo me salvó de más pesadillas en las que las ratas me mordían el cuerpo bajo el abrigo o la gente me cortaba con cuchillos por la calle. Fue un bálsamo necesario.
La conexión con un libro depende muchas veces del momento vital en el que te encuentres. Cuando compré El guardián entre el centeno supe, por ejemplo, que era tarde para mí. O que hice bien en recuperar Middlesex en un viaje a Costa Rica. Otros llegan para quedarse. Y te dejarían sentado en el suelo de un aeropuerto ignorando la maleta, aunque tuvieras 18 o 90 años.