El legado de una vida y una lucha
Los aprendizajes de Xisco Antich, a muchos de nosotros, nos van a durar toda la vida. Como el dolor por su pérdida, que nos acompañará ya para siempre. Sin embargo, la mejor manera de convivir con ese vacío inmenso que nos deja una figura como la de Xisco es convirtiendo sus ideas en políticas; su talante, en nuestra forma de entender la política, y su compromiso cívico, en nuestra forma de ser en el mundo.
Tenerlo como referente personal y político –y como incomparable compañero y amigo– fue un privilegio inmenso para quienes creemos en la justicia social y en la política honesta. Su vocación de diálogo y su constante esfuerzo por el entendimiento, el pacto y la concordia no fueron sólo instrumentos para gobernar estas islas desde una perspectiva heterogénea y diversa. Fueron más allá. Supuso conjugar con excelencia la actividad noble que es la política, la vocación de servicio público, con la imprescindible mirada larga, panorámica y profunda que da la pluralidad.
Xisco no sólo sabía escuchar y trabajar en equipo, también supo liderar la construcción de un pequeño país, de un territorio frágil, pero cohesionado, que vivió durante sus años como presidente grandes avances en materia medioambiental, de derechos sociales, de políticas feministas y en defensa de nuestra cultura, nuestra lengua, nuestro territorio y nuestra memoria. Nadie cuestiona ya, por ejemplo, los beneficios de una tasa turística cuyo objetivo es paliar los efectos negativos del turismo sobre nuestras islas, pero la primera ecotasa se implantó en el Archipiélago de la mano de Xisco Antich. Nadie cuestiona ya tampoco la importancia de implementar cuotas que permitan a las mujeres acceder a puestos de responsabilidad y toma de decisiones, pero las primeras listas electorales en formato cremallera, buscando la paridad pero también la visibilidad femenina, fueron las que impulsó Xisco Antich. Todo el mundo entiende la importancia de tener una Consejería de Vivienda que dé respuesta real al problema más grave que tiene hoy nuestra sociedad y fue el Gobierno de Xisco Antich el primero en crearla y en aprobar en el Parlament una ley de barrios para transformar nuestras ciudades en espacios que garanticen la vivienda digna.
Tenía, por tanto, una gran visión política. Una capacidad analítica brillante, unos principios firmes que le ayudaban a estructurar su pensamiento, su estrategia, su táctica política. Pero también tenía una empatía y una honestidad que fueron, sin lugar a dudas, lo que le permitió hacer lo que hizo. Como alcalde de Algaida, como consejero del Consell de Mallorca, como presidente del Govern, como diputado del Congreso, como senador. Él era, por encima de todo, buena persona. Hacía lo que hacía porque creía y acompañaba a quien le rodeaba hasta que encontrara sus propias convicciones; después, los embravía a luchar por ellas. Aconsejaba quien tenía dudas y escuchaba a todos: jóvenes, mayores, compañeros y compañeras de partido, afines, adversarios políticos.
Por eso, probablemente le entristecería ver, un año después de dejarnos, que hay gobernantes dispuestos a destruir un legado ideado por él y erigido por tantos y tantas. La entristecería, no tengo ninguna duda, pero también sé que no permitiría que esta tristeza la encogiera, sino todo lo contrario, haría de ella un trampolín sobre el que lanzarse a revertir esta situación. Alentaría, con su capacidad de liderazgo, a todos los y las demócratas para defender lo que ahora mismo se encuentra amenazado. La sanidad pública, la educación pública, la atención a la dependencia, la memoria democrática, especialmente en unos momentos como los actuales, en los que tanta gente comienza a ver en propuestas populistas y fantasmas del pasado alternativas tentadoras que nos privarían de derechos y libertades. Nos daría fuerza para seguir defendiendo una respuesta clara, contundente y transformadora ante la crisis habitacional: porque una sociedad que no puede permitirse un lugar donde vivir es una sociedad fragmentada a la que se le niega la posibilidad de un futuro.
Si nos acompañara todavía hoy, nos ayudaría a recordar siempre que somos una tierra de acogida como otras tierras lo fueron para nuestros padres y padrinos; que la solidaridad no depende del color de la piel, religión o idioma. Nos aseguraría que un pueblo orgulloso de su lengua y sus raíces es un pueblo de futuro. Nos animaría a no perder ni un minuto más en la articulación de políticas valientes contra el cambio climático. Nos diría que combatir la desigualdad social, construir mecanismos que garanticen la equidad, es la única forma de llenar de significado la palabra 'progreso'. Porque avanzar sin dejar a nadie atrás es la única manera de hacerlo. Antich nos ayudaría a no desfallecer, a no conformarnos, a no resignarnos.
Xisco, el político, el compañero, el amigo, haría todas estas cosas con una sonrisa en la boca, con buen tono, con calidez, pero sin descanso. Por eso duele tanto su ausencia, porque era luz, una guía que siempre tenías simultáneamente delante y al lado. Pero por eso precisamente también, por esa fuerza alentadora con la que se entregó para mejorar las Islas que eran su país, nuestro deber debe ser continuar con su legado. Sus ideas están más vivas que nunca, su entrega es más necesaria que nunca y su lucha, como nunca, debe ser la de todos y todas las progresistas.