El infierno son los otros (y nosotros)
Sí, soy una misántropa. Siento aversión al trato con otras personas. Esta es la versión larga. La breve es que odio la especie humana. No a una persona en concreto, sino a lo que cualquier persona representa. Pero debo decir a mi favor que no soy nada incoherente: me gustaría mucho que las otras personas tuvieran la misma aversión a tratar conmigo. De esta manera se generaría una situación de cierto equilibrio, donde todos tienen aversión a las relaciones con otros y podría quitarme el sentimiento judeocristiano de culpa que las monjas me inocularon y para el cual no he encontrado todavía una solución definitiva (gracias ‘hermanas’).
La cosa va a más. Es decir, cada vez soy más misántropa. Lo paso mal por todas partes. En el transporte, en la calle, en el trabajo, en los eventos, en los encuentros, en las cenas... Me hago la simpática para disimular, pero eso no pasa siempre. Muchas veces soy una estúpida con los demás y entro en un bucle que va del arrepentimiento al orgullo, pasando por el desinterés, del cual puede que no salga hasta dos días después.
Para mi descargo, he de decir que el mundo que me rodea no me ayuda mucho a apaciguar mi misantropía. Miro alrededor y no entiendo nada. En un ejercicio de antropología barata, he llegado a la conclusión de que ha comenzado nuestro proceso de involución. Veo personas que pierden la vida mirando vídeos estúpidos y absurdos en el móvil; que creen que son tan importantes que deben lanzar de manera compulsiva sus pensamientos al mundo virtual; que hacen poses ridículas para inmortalizarlas en fotografías que se perderán en la memoria de sus aparatos electrónicos y que no volverán a ver; que creen que la banalidad burda es pensamiento sofisticado; que practican la pornografía comunicativa (así me gusta denominar las videollamadas en voz alta en lugares públicos y puedo engañarme a mí misma pensando que soy ingeniosa)... En definitiva, un infierno para quien intenta no llamar la atención y que los demás también pasen desapercibidos.
Jean-Paul Sartre se colocó a la altura de Nostradamus a la hora de predecir el futuro cuando aseguró que el infierno son los otros. Resume demasiado bien cómo es la sociedad rica y desarrollada actual. Además, es una afirmación más humilde de lo que pueda parecer, porque nosotros somos el otro de alguien. Es decir, que también somos el infierno para la otra gente. Aquí no se salva nadie. Yo no espero salvarme. Quiero que me dejen en paz.