¿Ser funcionario es suficiente para ser docente?
En poco más de medio siglo, la sociedad ha experimentado transformaciones profundas que han alterado de forma radical a los principales agentes de socialización. La familia, la calle, el mundo del trabajo o los medios de comunicación ya no desempeñan el mismo papel que hace décadas. Este cambio no puede ser leído desde la nostalgia de un pasado idealizado, impregnado a menudo de una moral conservadora e incluso autoritaria, como ha sido también nuestro caso. Muchos de los cambios sociales del último siglo, tanto en Europa como en España y en las Islas Baleares, han sido claramente liberadores y humanizadores.
Sin embargo, en el contexto actual de sociedad posmoderna y líquida, estos agentes tradicionales se han visto debilitados. La familia extensa ha dejado paso a estructuras familiares diversas, a menudo marcadas por la precariedad residencial; la calle ha perdido la función de espacio de juego y encuentro para convertirse en un sitio de tráfico; el trabajo estable a lo largo de toda la vida ha sido sustituido por itinerarios laborales fragmentados. Las redes sociales han cedido protagonismo a los medios, donde la veracidad convive con la desinformación. No es sólo una época de cambios, es un cambio de época.
En medio de este escenario, la escuela sigue siendo, paradójicamente, una de las instituciones más sólidas del sistema social. No sólo por su persistencia, sino también por el reconocimiento jurídico y político de su papel. Desde la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), la educación -y su principal institución, la escuela- es reconocida como un derecho humano fundamental. Está estrechamente vinculada al desarrollo personal, al respeto por los derechos y libertades, a la participación democrática ya la convivencia basada en la tolerancia. Sin educación, el resto de derechos quedan gravemente debilitados.
Los marcos internacionales recientes, como la Agenda 2030 (ONU, 2015) y las conclusiones del informe Reimaginar juntos nuestros futuros (Unesco, 2021), definen a la escuela del siglo XXI como una institución no sólo formadora, sino también educadora y transformadora. Estas tres funciones están profundamente interrelacionadas. Forman parte de un mismo proyecto, orientado a un único objetivo educativo. O la escuela pública asume esta triple función de forma integrada, o deja de cumplir la razón por la que, en el siglo XIX, pasó a considerarse clave para el progreso económico y social.
El análisis de las dificultades y los retos de la escuela no puede limitarse a afirmar que es el reflejo de la sociedad. La escuela por la que trabajamos todos los días no debe ser el reflejo de la sociedad actual, sino el reflejo de la sociedad que queremos construir. La diferencia entre una escuela meramente formadora y una escuela realmente transformadora no es anecdótica, sino sustancial. Es esta diferencia la que también determina qué papel asume quien trabaja en ella: el de simple funcionario o el de docente en pleno sentido.
Ser funcionario garantiza estabilidad, derechos y protección legal. La LOMLOE, en su artículo 91, atribuye al docente la responsabilidad de velar por el desarrollo intelectual, afectivo, social y moral del alumnado. Normativas como el Decreto 209/2025, que desarrolla la Ley 3/2021, reconocen a la autoridad del profesorado. Sin estas leyes, la función educativa sería mucho más difícil. Pero sólo la ley no basta. Ser docente implica mucho más que contar con un marco normativo. Implica establecer relaciones educativas significativas. Acercarse al alumnado. Asumir la complejidad humana que atraviesa cualquier proceso de aprendizaje.
Por eso la pregunta del título toma todo el sentido: ¿ser funcionario es suficiente para ser docente? No. Hacer de maestro puede ser una forma de ser funcionario, pero ser funcionario no te convierte, por sí solo, en maestro. Y tú, ¿qué eres: docente o sólo funcionario? El buen funcionario acude al puesto de trabajo a cumplir el horario y ejercitar los derechos. El docente —que intenta ser un buen docente— acude a la escuela con conciencia del deber y de la responsabilidad social. Sabe que su labor tiene sentido y valor.
Hoy, ciertamente, ser docente es una tarea exigente y multidimensional. El profesorado debe actuar en ámbitos pedagógicos, personales, emocionales, sociales y comunitarios. No sólo debe ser experto en una materia, sino también creador de climas de confianza, comunicador, referente ético, evaluador riguroso y agente de cohesión social. La función educativa debe prevalecer por encima de la disciplina impartida. Esto supone, sin duda, un cambio de paradigma para el que el docente no ha tenido —ni tiene todavía hoy— el apoyo necesario por parte de las instituciones y de la sociedad en general.
En el centro de todo ello está la vocación, las virtudes o laethos del docente. No como mito romántico, sino como profundo compromiso con la educación y con las personas concretas que la hacen posible. La vocación, por sí sola, no es suficiente, pero sin ella no hay profesionalidad auténtica. Creer en la educación, creer que tiene sentido y vale la pena, transforma una función pública en una labor educativa con impacto social.
Por eso, la distinción es esencial: el profesorado debe ser funcionario para garantizar el interés general, pero debe ser docente para transformar vidas. El futuro de la escuela pública depende, en gran medida, de no olvidar nunca esta diferencia y de hacer que las dos dimensiones vayan siempre cogidas de la mano.