Espejo roto
El estallido del amanecer me agarra por sorpresa haciendo inventario de olvidos, pero la belleza persiste y me perfora la memoria con un hilo rojo
PalmaDeja la libreta en la mesa desplegable. Fuera llueve. Tengo la cabeza apoyada en la ventana, entre la oscuridad y el hielo. La soledad es un avión que atraviesa el océano a medianoche, lleno de silencio. La ventana ampara las gotas de agua y la madrugada me devuelve la mirada, como si los ojos de otra me miraran curiosos, con la serenidad que a veces nos permite el tiempo.
Deseo que el avión toque tierra, pero todavía nos faltan once horas. Quiero atravesar el puente rojo, subir y bajar las costas que me derramarán dentro de los bares, las galerías, los rincones minúsculos que me hacen querer las ciudades. Quiero perderme por el barrio chino y contemplar historias, inolvidables de tan cotidianas. Había deseado visitar la ciudad muchas veces antes de este mes de marzo, pero nosotros vamos existiendo y los anhelos vienen a encontrarnos cuando ya no prestamos atención.
Las palabras hacen que el tiempo y la vida se desencuentren. Leo 'jazmín' y se me hace presente un patio de hace mucho rato. Escribo su nombre y sé que no tendremos una hija a la que contar cómo nos soltamos la mano. La palabra 'amor', ¿la deje en mayúscula o en minúscula? a-mor, am-oro, amo-r. Si digo 'terrado', comparece la ropa tendida que entretiene el viento y hace sonreír, de tan tópica. Coge la libreta para escribir 'añor' en la esquina de una página y la mina gris del lápiz esparce un azul triste, como de lago solitario.
Quedan nueve horas de vuelo, echo un vistazo a los asientos que están al otro lado del pasillo. Una mujer duerme con las gafas de sol puestas, los cristales son tan claros y tan rosas como su piel. Las uñas pintadas, las orejas con los enormes auriculares que le decantan la cabeza. A su lado, le coge la mano otra mujer, que no puede dormir, nerviosa, con los ojos relucientes, rellenos de la prisa que siente por llegar. Tiene la piel morena, como el pelo, atornillado. Lleva una pulsera inmensa y aguanta el libro que intenta leer, pero no pasa las páginas, nota que lo estoy mirando.
Tumbada sobre la arena de la memoria, llegan las turbulencias, el peso más pesado es el amor que nos lamentan las demás, el amor que esperan de nosotros, lo que nos dan aunque no lo hayamos pedido. La expectativa es un temblor oscuro que se esparce hasta la punta de los dedos. ¿Somos poco o muy culpables de los sentimientos de las demás? Es como si dejaran nidos en nuestras ramas, sin pedir permiso. Qué genealogía oscura la del deseo de las mujeres, cuando aman a otras mujeres.
La nostalgia empapa todo lo que se ha vivido de manera intensa y ha encontrado clausura. Cierro los ojos para borrar los amores y las amantes. Así comienza la tragedia, "animal de recuerdos, lento y triste animal". El estallido del amanecer me agarra por sorpresa haciendo inventario de olvidos, pero la belleza persiste y me perfora la memoria con un hilo rojo. ¿Un día estas dos mujeres, que se aman con ternura más allá del pasillo, también tendrán que olvidarse? La metamorfosis que acompaña al amor nos lleva por callejuelas desconocidas, que nunca sabemos si nos llevarán a una plaza oa un callejón sin salida.
La lengua que aprendí a hablar en la infancia fue la de la primera persona que amé. ¿Hablan en mi lengua estas dos mujeres que se aman al otro lado? ¿Se aman o son amantes? ¿Las amantes no se quieren? Cuando somos niños, el futuro y la maravilla pueden ser la misma cosa, después vienen los años y las maravillas son lo imposible, el espejo roto, la cima que no acabamos de subir. En la infancia, si hay suerte, 'amor' se escribe en mayúsculas, se conjuga en incondicional. Pero crecer es comprender que seremos sólo vestigios de otros amores mientras esperamos el amor grande.
Me gusta la palabra extranjera, de pequeña jugaba con mi hermana a hablar idiomas inventados, nos imaginábamos habitantes de tierras lejanas. Es precioso poder ser extranjera, sin que te obliguen a serlo. Ahora quiero descender del avión, quedan casi cuatro horas de vuelo y no sé quiénes son los otros habitantes de este 'país pequeño'. Ellas dos duermen con los brazos entrelazados, la cabeza de una sobre el hombro de la otra, no quiero que se acabe el tiempo. Las imagín atravesando el puente rojo, dejando atrás las selvas feroces y las tormentas tropicales.
Sólo quedan dos horas de vuelo y miraré un documental de lémures que hay en la pantalla del avión. Quiero ir a Madagascar. Los lémures son animales sociales, que se establecen en matriarcados. Viven en los árboles y son capaces de saltar grandes distancias. Me gustaría ser un lémur. Quisiera saber qué hay cuando saltamos al otro lado de la costumbre, ¿pentura el amor grande?
Post scriptum: el mundo se hunde bajo el peso de genocidas, fascismo, misiles. Aquí, desde el hotel abismo, contamos cuentos y contemplamos la derrota.