Cosas que he aprendido navegando
Cada vez que cojo la barca pienso: “Ay abuelo, si me vieras”.
Recuerdo su mano morena en la caña del timón, temblando suavemente al ritmo del motor, su sombrero atado con una cuerda, el capazo donde llevaba los aparejos, la bañera sucia de tinta de calamar. Mis abuelos tenían una barca cuando esto no era una herramienta de ostentación y por un amarre no se pagaba el precio salvaje de ahora. Gracias a eso ahora tenemos un llaüt de treinta y seis palmos que compramos de segunda mano después de muchas vicisitudes y vendiendo antes la barca anterior, como se ha hecho siempre: Puedo decir el nombre de las barcas que han pasado por nuestra casa desde los años cincuenta del siglo pasado: la Troya, n’Albatros, en Patufet, en David, na Cèlia, na Xula, el Darrer Blau, el Xaloc y finalmente na Petrus, que es la que tenemos ahora. De esta lista solo hemos elegido un nombre, todos los demás son heredados: ya se sabe que no se debe cambiar el nombre de ninguna barca, que trae mala suerte.
Sí, en el mar somos muy supersticiosos. Porque estamos muy lejos de remedios, y cualquier accidente que en tierra es una tontería, allí en medio puede ser muy serio. Nosotros hemos tenido pocas emergencias, y la más grave fue en una barca que no era nuestra y que, gracias a Dios, nos pudo llevar a puerto muy rápidamente.
Cuando vas en barca, por más prudente que seas, hay accidentes: algún día te pasa alguna y te das cuenta de que la vida es un frágil milagro, un azar venturoso del cual tienes que dar gracias. Relativizas, entiendes la suerte que has tenido todas las veces que han ido bien las cosas y vuelves a salir a la mar.
A aprender más.
Y es que las lecciones del mar son infinitas. He aprendido, por ejemplo, que a las olas les tenemos que dar la mejilla. Es inútil huir de ellas, y además, intentarlo podría poner la barca en una posición peor. Tampoco debemos ir de cara, es incómodo y diría que un poco peligroso. Los viejos decían “dale la mejilla, al mar”.
De la misma manera se deben encarar los problemas. No enfrentarte a ellos abiertamente, pero tampoco girarte de espaldas, porque las grandes olas de la vida siempre te acaban cogiendo. Vale más darles la mejilla. Con mano izquierda y decisión.
Si tenemos el tiempo en contra, debemos ir haciendo bordos, zigzags para ir a donde queremos. Y es que vivir en confrontación permanente es malgastar inútilmente la energía. El mar siempre gana, y como en la vida, el camino más rápido no siempre es en línea recta.
Así, más vale tener claro el rumbo y aceptar los bordos inevitables, sabiendo que son necesarios para llegar al destino. Podré descansar, podré esperar vientos más favorables, podré fondear en alguna cala esperando el mejor momento. Pero tengo que tener muy claro dónde está mi puerto, y no renunciar a él.
Nunca me han atraído las barcas rápidas, y tengo la teoría de que los que de verdad amamos el mar navegamos poco a poco, saboreando el momento, la conversación, observando el agua, mirando si hay delfines o cormoranes. Creo que solo cambiaría el laúd por un velero. Es otro sueño de aquellos de toda la vida. Solo de imaginarlo disfruto, sé que es bastante difícil llegar a tener uno, pero pensándolo ya soy feliz.
Los veleros nos enseñan otra cosa: tienen mástil… y tienen orza. Para ser altos, necesitan ser profundos. Ofrecer la vela al viento pide altura, y para no escorar con el primer golpe de viento necesitas fondo.
Y es que no se puede ir hacia arriba sin tener los pies bien clavados en tierra. Tanto en el mar como en tierra, debemos estar bien equilibrados, debemos tener un fondo (espiritual y físico) que nos permita encarar las sacudidas sin volcar.
Ya lo dice nuestro himno, ‘la cepa más se eleva cuanto más adentro puede arraigar’.
Navegando tomas conciencia del lujo de las cosas pequeñas. Qué bueno que es un simple trempó con galletas de Inca, pasarte de agua dulce, tener un poco de frío cuando oscurece, conversar con los amigos arrullado por el vaivén.
El mar te enseña que hay pocas cosas imprescindibles, y las más valiosas (compañía, naturaleza, suerte) no se pagan con dinero.
No puedes navegar sin salpicarte. Quizás podríamos subir a la barca, entrar en el camarote y no salir. Es una mala opción: no sufriríamos, pero tampoco disfrutaríamos. Las salpicaduras molestan (y más si llevas gafas) pero el placer de sentir que cabalgas las olas bien lo vale.
También pasa con la vida, supongo. Arriesgarnos, despeinarnos, estar incómodos. A veces es el precio que pagamos por vivir intensamente.
Y vale la pena.
No me cabe aquí todo lo que he aprendido, pero quiero decir una última cosa: cuando vas en barca, una ventolera, una ola o una distracción puede hacer caer algo al agua. Y casi nunca se recupera, y tenemos que aceptarlo.
En la barca, como en la vida, con según qué mejor no jugársela: más vale no poner lo que quieres en peligro, que debemos tener claro que hay cosas que se pierden para siempre.
Es duro, pero nos hace apreciar lo que tenemos, que es tanto, y ser conscientes de que todo es de paso, incluso nosotros.