¿Quién ayuda a los invisibles?

El otro día volvía por la sombra y me encontré a un joven barbudo y despeinado estirado en el suelo, justo debajo de mi portal. No sabía si respiraba, y no reaccionaba a mis palabras y estímulos.La vecina de enfrente, a la que a veces veo en la terraza y con la que no había cruzado ni media palabra –quizás alguna vez, durante la covid-19, cuando parecía que los balcones cobraban vida– me puso en situación. Me dijo que este chico no estaba bien, que lo había visto dando vueltas y que hacía rato que estaba sentado allí delante, inconsciente. Entonces pensé que la cosa iba en serio. Llamé inmediatamente a los servicios de Emergencias.Y aquí llega la parte menos cinematográfica de la historia. Nada de respuestas inmediatas ni de ambulancias volando con las sirenas encendidas. Primero, el clásico contestador automático que te hace pulsar números como si participaras en un escape room. Después, cuando finalmente consigues hablar con alguien, parece que no te entienden –quizás porque les hablas en tu lengua; vete a saber qué misterio. Más espera, y más espera, mientras ya te imaginas que aquello acabará convirtiéndose en una maratón. Pero, al final, la realidad fue bastante mejor de lo que me esperaba. La ambulancia llegó en unos diez minutos y los profesionales actuaron con mucha diligencia y eficacia.Pero no es eso lo que me dejó mal cuerpo.Fue la gente.Durante todo aquel tiempo, la gente continuaba pasando por su lado. No una ni dos personas: un buen puñado. Algunos cambiaban de acera, como si su estado fuera contagioso. Otros ni siquiera levantaban la vista del móvil –las prioridades, ya se sabe. Nadie se detenía. Nadie le preguntaba si necesitaba ayuda. Era como si aquel joven fuera una papelera más de la calle, invisible a los ojos de todo el mundo. Yo me pregunto: ¿habría pasado lo mismo si, en lugar de un joven con apariencia de sin techo, hubiera sido un niño, una anciana o un hombre con corbata? No lo creo.Esto tiene un nombre: aporofobia.La aporofobia es el rechazo a las personas pobres. El término lo acuñó la filósofa Adela Cortina, combinando ‘áporos’ (‘pobre’) y ‘phóbos’ (miedo). Pero no es solo una cuestión de prejuicios. Es más profundo. Nuestro cerebro evita aquello que incomoda y se acerca a quien puede aportar alguna cosa. Y, además, estas personas nos recuerdan una verdad incómoda: que nosotros también podríamos acabar ahí. Una mala racha, una adicción, una depresión… y ya estamos. A nadie le gusta pensarlo.¿El resultado? Invisibilidad. Humillación. Gente que deja de contar. Un pez que se muerde la cola. Y sí, todos sabemos lo que se debería hacer: tratar a todo el mundo con dignidad, no juzgar por el aspecto, no valorar a las personas por lo que nos pueden dar. Fácil de decir. Difícil de practicar.Pero no nos engañemos: este no es solo un problema individual, ni una cuestión que dependa exclusivamente de la responsabilidad de cada uno. También –y sobre todo– es una cuestión política. Me explico. Hay quien actúa como si la pobreza desapareciera solo por el hecho de no verla. La receta es sencilla: sacarla del centro, apartarla de la vista. Desalojar, desplazar y dar el problema por resuelto. Pero, está claro, la pobreza no desaparece; simplemente se desplaza, casi siempre hacia los barrios de siempre.Y las ciudades se adaptan a ello. Bancos donde no te puedes estirar, pinchos, barras metálicas… Es lo que se llama arquitectura hostil. Dicho de otra manera: diseñar el espacio público para que vivir en él –o, mejor dicho, sobrevivir en él– sea cada vez más difícil para quien no tiene un hogar. El objetivo no es resolver el problema, sino hacerlo invisible. Como cuando, de pequeños, nos tapábamos los ojos pensando que así desaparecía aquello que nos daba miedo. La diferencia es que aquí se hace con recursos públicos. Este es el modelo que defienden el PP y Vox.Y cuando esta indiferencia sube un grado más, pasa lo que pasó en Gijón. El 26 de noviembre de 2022, una persona que dormía en la calle sufrió una agresión brutal que los autores grabaron y difundieron en las redes sociales. No por robar. No por venganza. Por humillación. Porque sí. Porque era vulnerable. La viralización del vídeo propició una denuncia ciudadana que desencadenó en un juicio. La parte positiva de todo esto –si es que la hay– es que la respuesta fue contundente. La sentencia, publicada hace unos pocos meses, reconoció la aporofobia como delito de odio. Un precedente importante. Porque deja claro que esto no son casos aislados: es violencia contra quien menos puede defenderse.Cuando los sanitarios se llevaron a aquel joven, yo seguí hacia casa. No sé qué fue de él. Pero sí sé qué me quedó: la sensación de que el problema no es solo la pobreza, sino nuestra capacidad brutal de acostumbrarnos a ella. Porque una sociedad no se define por cómo trata a los que triunfan, sino por cómo mira –o ignora– a los que han quedado atrás. Y el día que pasas al lado de alguien estirado en el suelo y ni siquiera te planteas si necesita ayuda, quizás el problema ya no es solo suyo.Es nuestro.