Arte y paridad

A raíz de la reciente concesión del premio a la mejor novela del año, ha vuelto a asomarse la polémica de la escasa presencia de las mujeres en la lista de las diez novelas nominadas. Aunque la ganadora fue una mujer, Antònia Carré-Pons, no dejó de destacar en su discurso que sólo había dos novelas escritas por mujeres en la lista de diez finalistas (que incluía una novela de quien escribe ese papel). ¿Me incluía a mí o incluía mi novela? Quienes tienen presente cierta idea de paridad son los mismos jurados que elaboran estas listas. Si las mujeres publican cuatro de cada diez libros, al menos debería haber esta proporción en las distinciones y en los galardones, salvo que se nos esté diciendo que lo hacen peor –lo que quizás no podemos deducir si finalmente son las distinguidas…

Pero esa noche –la nueva Gran Noche de las Letras Catalanas– se dieron doce premios. Solo tres mujeres recibieron galardones. A muchos premios debían presentarse obras inéditas, y los demás se hacían de acuerdo con nominaciones, a las que la proporción fue la mencionada. Si las mujeres se presentan menos, serán menos premiadas, como es obvio. ¿Pero por qué se presentan menos? ¿Por qué escriben menos? ¿Por qué tienen menos tiempo? ¿O menos necesidad de reconocimientos? ¿Está pasando algo anómalo?

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A menudo ni poniendo más mujeres a los jurados se dirige el problema –así se ha hecho en los últimos años–, que puede tener razones más oscuras y arraigadas. Las escritoras dominan en la novela popular y en las ventas, pero en el ámbito de la novela que suelen distinguir a los jurados más 'literarios' quizás lo tienen –lamentablemente– más complicado. Este tipo de obras quizá sean una murga y exhibición de virtuosismo autoindulgente, pero piden un tiempo y un foco para su elaboración que a menudo las mujeres no pueden llegar a tener en virtud de todo lo que deben hacer en la vida 'real', en un país donde nadie (casi nadie que no haga novela popular…) puede dedicarse únicamente. Es –imagino– como en el ajedrez: no hay ninguna mujer entre los cien mejores jugadores del planeta, ahora mismo. ¿Quiere decir que las mujeres son menos inteligentes? No.

Se me ocurre que la novela literaria es un ámbito de acción tan ridículamente exigente y loco como el ajedrez, y que sólo la tontería de los hombres es capaz de empeñarse en ello, ante unas mujeres más sensatas y equilibradas que prefieren quemarse el cerebro en cosas sanas, morales o finalmente útiles. Como si la locura del arte fuera sólo de unos hombres que, sobre el trabajo de las mujeres, han logrado emanciparse para dedicarse a sus obsesiones.

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La cosa parece que nunca está clara, porque ya nadie cree que existe un ámbito estético al margen de las injusticias de género que dan forma al mundo. O que existe una estética literaria que se pueda evaluar sólo teniendo en cuenta formas artísticas, dominio de un lenguaje y de un entramado narrativo. Pero como en eso tampoco cree nadie, y todo es marca, política, mensaje y discurso, al final el galardón se vuelve tan o más insignificante que la obra, el autor, el país y la madre que nos parió a todos.