Aeropuertos sin límites en unas Islas que ya han tocado techo
Las obras de ampliación del aeropuerto de Palma no son secretos. Aena no puede esconderlas, porque son visibles, ruidosas y, para muchos pasajeros, cada vez más pesadas. Quien haya pasado recientemente por Son Sant Joan ha comprobado cómo los recorridos se alargan y cómo la comodidad prometida por la gestora aeroportuaria queda aplazada a un futuro incierto. Aena no puede esconderse de las obras. Lo que sí intenta disimular es el objetivo que parece estar detrás de estas obras.
La empresa aeroportuaria insiste en que la ampliación no responde a la voluntad de acoger a más pasajeros. Pero las cifras la desmienten. Un informe de la propia Aena, elaborado hace menos de cinco años, preveía que en el escenario más extremo Son Sant Joan llegaría a los 33 millones de pasajeros en el 2026. La realidad ha avanzado los calendarios: en el 2025, un año antes, el aeropuerto de Palma ya superaba de forma notable esta cifra. Negar que la ampliación responde a un incremento de capacidad es, al menos, poco creíble.
Si se observa el conjunto de los aeropuertos de las Islas Baleares, la fotografía es tanto o más llamativa. El pasado año se superaron los 47 millones de pasajeros. Son cifras que deberían haber activado hace tiempo medidas urgentes surgidas del debate sobre los límites del territorio, los recursos y las infraestructuras del Archipiélago. Los límites están presentes en un debate que, en realidad, ya existe en la calle. Hace años que parte significativa de la población sabe que se ha tocado techo y que el decrecimiento no es una provocación ideológica.
Sin embargo, mientras el discurso social apunta a los límites, las infraestructuras siguen creciendo. Aena amplía, y cuesta creer que lo haga para que todos viajemos más anchos. Lo más verosímil es que lo haga para aumentar capacidad y, por tanto, volumen de negocio. Convendría no olvidar un detalle clave: Aena es una empresa pública en un 51%. El Estado es el principal accionista. Y mientras promueve declaraciones de zonas tensionadas y políticas medioambientales, se pone de perfil cuando se trata de los aeropuertos de Baleares y permite que Aena haga caja grande a expensas de un territorio ya exhausto.
Las dimensiones y movimientos de nuestros aeropuertos llevan años sin responder a la capacidad que tienen las Islas, sino a la demanda que hay. Que los expertos consultados por el ARA Baleares hablen de un horizonte de más de 50 millones de pasajeros es apuntar a una auténtica barbaridad. Pero, mientras, las puertas de entrada y salida se ensanchan, se abren nuevas rutas aéreas, se venden las Islas en las ferias turísticas y nadie pone límites claros: ni a habitantes, ni a turistas, ni a construcción, ni a coches. Esto es como alguien que sabe perfectamente que debe adelgazar por salud, pero que cada día come más. Y todavía se pregunta por qué no mejora.