Solidaridad

"En Senegal viven del calzado, como vivíamos en Inca"

Un grupo de mujeres impulsa en la capital del Raiguer un taller de costura solidario que financia ayuda local y proyectos en el extranjero

Gisela Bandenes
07/05/2026

IncaEn el número 27 de la calle de Joan d’Àustria de Inca, detrás de un escaparate lleno de tejidos y bordados, hay un espacio donde la solidaridad se concreta. Es el taller de Punts amb Vida, el proyecto más visible de la asociación Inca Solidària.

Allí, una veintena de mujeres se reúnen para coser y destinar su tiempo y creatividad a ayudar a otras personas: desde Inca hasta Senegal, pasando por Valencia, León, Grecia, Siria, Serbia, Ucrania, Gaza…

El taller no es un lugar de producción en serie, sino un espacio de encuentro desde donde organizan acciones solidarias. Su misión es tan simple como ambiciosa: ayudar a otras personas a través de la empatía y la acción colectiva.

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Detrás, y encabezadas por la presidenta, Antonia Triguero, hay un grupo de mujeres como Gertrudis Borrueco, una institución del voluntariado en la capital del Raiguer. “Soy voluntaria desde hace más de 40 años”, aclara Gertru con naturalidad. “Con Antonia hicimos piña en el voluntariado del comedor social de Cáritas de Inca, pero ella ya venía de Siria y de hacer muchas más cosas”, explica.

Su historia de entrega tiene inicio en el momento en que su hija, que ahora es adulta, tenía solo siete años y comenzó la catequesis. Gertru se implicó a través del esplai y las parroquias con la recogida de ropa y comida. También ha dedicado incontables horas a atender a mujeres maltratadas y personas enfermas. Para ella, el voluntariado no es una actividad puntual, sino una parte esencial de la vida. “Creo que no sabría vivir sin hacer voluntariado. Es algo que te sale de dentro”, dice.

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Libros para letra

Aquello que nació en 2018 como un encuentro de cuatro o cinco mujeres en la parroquia de Santo Domingo ha evolucionado hacia un espacio situado en la calle de Joan d'Àustria número 27. Gertru recuerda los inicios: "Primero no dábamos abasto. Regalábamos un libro a cambio de un litro de leche a quien lo pedía".

De la parroquia fueron a un piso: un espacio pequeño, pocos recursos y mucha voluntad. Si una familia necesitaba una bolsa para la escuela, hacían una. Si hacía falta recaudar dinero, organizaban actividades. Esta capacidad de escuchar y responder ha sido clave para consolidar una red solidaria que hoy llega más allá.

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Actualmente, ya en la tienda-taller, una veintena de mujeres se reúnen para coser y dar apoyo a diversas iniciativas. Gracias a una pequeña subvención pudieron comprar máquinas de coser para telas gruesas y también restauran máquinas antiguas. Sus creaciones –bolsos, complementos y piezas decorativas– se han convertido en una marca propia, y los fondos recaudados se convierten en alimentos y ayuda de emergencia.

El taller es también un espacio de aprendizaje y empoderamiento. Nadie llega sabiendo todo. “Yo solo sabía hacer bajos de pantalón. Ahora me piden cualquier cosa y la hago”, dice Gertru. Aprender forma parte del proceso, igual que equivocarse. “Si no lo haces mal alguna vez, no aprenderás nunca”, apunta.

Orgullo inquerd

“Derrás de cada puntada hay personas de Inca que transforman la tradición en esperanza”, señala la presidenta, Antonia Triguero. De aquí nace el último proyecto textil: Orgull Inquer. A través de la confección de unos tapices hechos a mano con el emblema del galgo, la asociación reivindica el sentimiento de pertenencia y da color a los balcones de la ciudad.

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Pero este orgullo local no entiende de fronteras. Los fondos que recaudan llegan a diversos ámbitos: desde acciones locales al banco de alimentos, el comedor social y eventos como la próxima jornada solidaria para Oriol y la investigación del síndrome FOXG1, a la ayuda a los afectados por la dana en Valencia, pasando por el apoyo a León después de un incendio (donde vendieron la miel que un apicultor pudo salvar), hasta envíos a Ucrania, Siria y Serbia y el desarrollo de servicios básicos en Senegal.

El proyecto también se ha materializado en Palestina con Aid for Gaza. Aquello que parecía impensable hoy es una escuela donde más de 500 niños reciben alimento, ropa y un espacio seguro donde continuar aprendiendo.

Un internacionalismo que Gertru, que viajó recientemente a Senegal, reconoce que impacta emocionalmente: "Bajé del avión y habría vuelto a Mallorca el mismo día, por el impacto que causa ver con qué viven. Pero ir allí y ver cómo lo comparten todo, cómo les cambia la vida... hace que todo valga la pena".

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“Ahora haremos un desfile con sus telas y hemos implicado a gente senegalesa para que nos digan qué maneras y qué costumbres son las suyas. Allí viven como vivíamos aquí del calzado. La mayoría hacen zapatos, pero unos zapatos con su identidad. Nosotros queremos plasmar lo auténtico de su tierra”, remarca Gertrudis.

El voluntariado transforma a quien lo practica

No hace falta tener unas habilidades especiales para participar. Gertru lanza un mensaje claro: "La gente me dice: 'Yo sola, ¿qué haré?'. Pero si todo el mundo dice eso, nunca seremos dos, ni tres. Siempre seremos uno solo. Yo les diría que lo prueben. Si no vienes, no sabes lo que se hace. Si no lo haces mal, nunca aprenderás".

Después de décadas de implicación, su conclusión es sencilla: el voluntariado también transforma a quien lo practica. "No sabría vivir sin hacer voluntariado. Recibes más de lo que das". Cuando le preguntan si no está cansada, la respuesta es clara: "Yo descanso viendo que la gente tiene ayuda", asegura mientras las máquinas continúan funcionando y las telas, tomando forma.