Ni un fin de semana libre: no es FOMO, es miedo de perder capital social

Qué fácil y reduccionista se vuelve el mundo cuando tenemos unas siglas para definirnos. Ya está: tenemos FOMO, tan rápido y simple como es decirlo

14/06/2026

“No tengo ni un fin de semana libre hasta agosto”. Os lo habrán dicho o lo habréis dicho vosotras mismas, como si un calendario apretado fuera sinónimo de buena salud social y laboral. Nos hartamos de tareas y planes, yo incluida. Y nos reprochan que somos demasiado débiles, que somos víctimas del FOMO (Fear Of Missing Out), que nos da miedo perdernos algo, que parece que no sabemos estar todas solas, quietas, en casa. Qué fácil y reduccionista se vuelve el mundo cuando tenemos unas siglas para definirnos. Ya está: tenemos FOMO, tan rápido y simple como es decirlo. ¿De verdad solo hacen falta cuatro letras para cristalizar el sentir de toda una generación?

Mi madre siempre me lo ha dicho: “No tienes que decir que sí a todo. No hace falta que vayas a todo”. Primero, fue con los amigos, como consuelo a mis decepciones. Mi entrega infinita, desgastadora, a menudo no coincidía con la de mis iguales. Y era normal. Ahora, entiendo que esta entrega era –en parte– una respuesta cobarde a mis miedos: miedo a las expectativas, a no complacer, a la posibilidad de que no volvieran a contar conmigo. Decía –y a menudo digo– sí a todo, porque no entendía otra manera de relacionarme, porque aspiraba a la incondicionalidad, como si este fuera el único camino.

Cargando
No hay anuncios

Y después de los amigos, vino el trabajo. “Nada es gratis, Alba”, me había repetido mi padre. Soy –como tantas amigas y chicas que nunca conoceré– hija de este tiempo y de una de esas casas donde el esfuerzo se ha convertido en un miembro más de la familia. En casa siempre lo hemos celebrado todo, cada pequeña gesta, hasta hacerme avergonzar, consciente de las solo tres o cuatro cosas que teníamos garantizadas. El resto estaba aún por conquistar. En casa nunca hemos dado nada por hecho, y esta es una sensación que se te pega a la piel, acompañándote en todo lo que haces.

Cargando
No hay anuncios

Siento que no me puedo permitir perder nada, ni siquiera un pensamiento. Por eso, cuando estoy en clase de yoga, en la postura de savasana con un antifaz en los ojos con olor a lavanda, me niego a poner la mente en blanco. En el tiempo que dura la clase me vienen a la cabeza dos o tres ideas, y para retenerlas las repito en bucle. Ahora no tengo a mano el móvil, pero en cuanto acabemos las anotaré. No puedo abandonar mi mente y concentrarme solo en separar las vértebras, que es lo que nos pide la profesora. No puedo deshacerme de mis pensamientos: ¿y si pierdo alguno importante?

El sentimiento de escasez es un signo de mi generación mucho más complejo, y a la vez cuidadoso, que el FOMO. Hemos tomado el testigo de las oportunidades y, como una llama ardiente, las cogemos con tanta fuerza que nos queman. Quizás, en el fondo, eran un caramelo envenenado. Durante un tiempo me angustió la idea de que cualquiera de mis acciones era trascendental y que podía invalidar todo lo que había conseguido hasta entonces. No asistir a un cumpleaños, rechazar una oferta de trabajo o decidir quedarme en casa un fin de semana. Pensaba que había nacido con la posibilidad de la abundancia y que me estaba cerrando los grifos; que debía preservar el pequeño patrimonio que me había procurado a mí misma, aunque fueran amistades disfuncionales, ofertas de trabajo sin remunerar o planes que no quería hacer.

Cargando
No hay anuncios

En realidad, todo es más perverso de lo que parece. Lo que muchas tememos es la pérdida de capital social (y de capital cultural, incluso). La precariedad generalizada nos ha hecho temer, incluso, una devaluación de nuestro ocio y de nuestras relaciones, pero desde un punto de vista utilitarista. Hace unas semanas, Pol Guasch hablaba del trabajo y de los trabajos creativos en concreto, “donde la promesa del éxito venidero aún opera con fuerza: sería imposible sostenerse en el mundo de la cultura sin la creencia espuria de que algún día todo irá bien”. Y yo me pregunto si esta precariedad no hace que todo se vuelva una estrategia, que pensemos en nuestros fines de semana como herramientas necesarias para conseguir lo que queremos. Porque ahora ya no sé si quiero quedar contigo porque me caes bien o porque me gustaría estar en tu proyecto, o si me interesa el cartel de este festival o la idea de que me vean allí, porque sé que estará todo el mundo.

Admiro a la gente que sabe que se encuentra exactamente donde debería estar, que hace cosas genuinamente, y no fruto de una angustia que ha atrofiado por completo su criterio. A mí me agota oír a todas horas que debería estar en otro lugar, sea donde sea; que me he de esforzar continuamente para buscarme un lugar mejor en la vida; que estoy perdiendo el último tren. Si estamos en un bar, estoy más pendiente de las conversaciones que me estoy perdiendo. Si estamos en un concierto, mi cabeza busca los lugares desde donde podría ver mejor el escenario. Si estamos en un proyecto, pienso en todos los que estoy dejando pasar. Porque no existe la suerte, ni el destino, ni las casualidades. Todo depende de una misma. Y por una misma nunca nada es suficiente.