Observatorio

‘Rigoletto’. El jorobado, la hija y la cuarentena

19/06/2026

PalmaCuarenta ediciones y a teatro lleno desde hace muchos años es un buen motivo de alegría y, por supuesto, rubricar la temporada con un Rigoletto una de las mejores maneras de hacer justicia al acontecimiento. También tiene un cierto riesgo. Para conseguir un buen resultado se necesitan voces de gran nivel. Damiano Salerno como Rigoletto y Génesis Moreno como Gilda fueron los encargados de hacerlo y solemnizar la efeméride. Sin duda, brillaron muy por encima del resto de un reparto que tampoco estuvo nada mal. Pero los momentos cumbre de la función se generaron cuando ellos dos eran los grandes protagonistas. Sus duetos fueron antológicos. Comenzaron su recital con el emotivo y delicado Figlia! Mio padre! Continuaron con el descomunal Mio padre!…Tutte la feste al tempio. Encumbraron la tragedia con el dúo final, V’ho ingannato, colpevole fui y Lassú in cielo. Tan solo estos tres momentos serían suficientes para satisfacer a una parroquia que despidió a los protagonistas de pie tras el desesperado gemido de Rigoletto, ‘La maledizione’. Este era el título que quería Giuseppe Verdi. Un detalle sin importancia para una pieza impecable e implacable. Estructuralmente perfecta, lo que obliga a ambos protagonistas a una metamorfosis existencial detallada, minuciosa y, claro está, muy exigente. Tanto Rigoletto como Gilda, el jorobado y la hija, evolucionan, tanto vocal como dramáticamente, a medida que surgen y varían las circunstancias. Salerno y Moreno cumplieron con creces y algo más su cometido. Génesis Moreno, hace dos temporadas, ya había mostrado en el Teatre Principal no pocas de sus virtudes, interpretando la Julieta de Gounod. Por tanto, su elección para protagonizar Gilda no podía ser más acertada. Si toda la actuación fue memorable, una tremenda y descomunal exhibición de calidez, expresividad, coloratura, fiato… dejó a más de uno boquiabierto con un Caro nome inolvidable. Nada que decir, sino todo lo contrario, con las intervenciones de un Damiano Salerno, de voz rotunda y redonda, que con una emotiva y poderosa Cortigiani, vil razza dannata, rica en matices y repleta de dificultades, no nos hizo echar de menos a ninguno de los grandes que han interpretado el personaje más intrincado y complejo de la producción verdiana. Destacan la proyección, el complicado aliaje de virulencia y sutileza y una dicción y vocalización sin mácula.La dicción fue un pequeño obstáculo para Filip Filipovic como Duque de Mantua, considerable con el volumen, pero desigual en el conjunto, dejando la canzonetta que ha quedado como símbolo de la pieza, La donna è mobilie, en una anécdota. La pieza complicada es, siempre y mucho más, Ella mi fu rapita! Correcto Filipovic, aunque en cuanto a su personaje, creo que fue demasiado airado en la concepción de un seductor, ya que actúa como si fuera Gualtier Maldé. A otro nivel, pero adecuado, fue la actuación local, con Begoña Gómez como Maddalena, Irene Mas como paje de la duquesa y Cristòfol Romaguera como Conde Ceprano. Por otra parte, Toni Marsol fue un Monterone eficiente y expedito, mientras que para el Sparafucile de Niall Anderson no hacía falta ir tan lejos. La orquesta, dirigida por Oliver Díaz, y el coro masculino del Teatre Principal cumplieron con nota, mientras que la puesta en escena de Elena Barbalich, en la producción que llega de Pavía, Como, Brescia, Cremona, Bérgamo y Toulon, combinó un vestuario de época con unas estructuras metálicas muy contemporáneas, estéticamente efectistas, pero que sobre todo servían para delimitar con mucha eficacia cada espacio donde transcurre la acción en cada momento. Gran noche de ópera.