Prórroga
La caricatura no desvirtúa la realidad sino que la acentúa, de tal manera que este punto tan audaz, irracional y estrambótico hace que el metafórico dibujo de la condición humana llegue con más eficacia
PalmaDice el programa de ma de Calidoscopi, la última criatura de Estudi Zero, que “los personajes se mueven por situaciones absurdas, violentas o profundamente humanas”. Cierto, pero aún lo sería mucho más si la conjunción fuera copulativa en lugar de disyuntiva. Si las situaciones son absurdas y violentas queda claro que son indiscutiblemente muy humanas. La caricatura no desvirtúa la realidad sino que la acentúa, de tal manera que este punto tan audaz, irracional y estrambótico hace que el metafórico dibujo de la condición humana llegue con más eficacia. Que la función esté compuesta por diferentes pequeñas historias aporta sello Sans, de tal manera que nos transporta a aquel viaje que en esta misma sala pilotaba Karl Valentin. Para la ocasión son diversos los autores que figuran en la nómina de Calidoscopi –Esteve Soler, Juan Mayorga y Joël Pommerat–, que hace que el talante de los diferentes esbozos eleven un poco mucho el calor de cada uno. No hay humor blanco. Todos contienen una elevada dosis de veneno, en la misma proporción que de causticidad y sarcasmo y sin miedo de traspasar líneas rojas.La primera historia, la del hombre a quien un autobús ha pasado por encima, de la que ya no diré más porque sería spoiler, marca el talante de la función. Humor negro en estado puro. La crueldad humana o la falta de humanidad, que en este caso es lo mismo, lucen con todo el esplendor. La de la pareja que confiesa a su hijo de veinte años que no fue un hijo deseado, aumenta exponencialmente la porción de inhumanidad. La del vendedor de cualquier cosa que podáis imaginar es un espejo dirigido hacia el patio de butacas. Y así sucesivamente. Todo ello, redondeado con un número musical que interpreta Dominic Hull, un My way al más puro estilo crooner, acompañado por el resto del reparto y vestidos como lo hacía Fortunio Bonanova and the Glamouramas en sus gloriosos años norteamericanos. Naturalmente en un conjunto tan diverso no resulta sencillo encontrar el punto ideal de homogeneidad, pero, aun así, la función atesora suficiente uniformidad, tanto en las diferentes historietas como en la interpretación de los siete protagonistas, que en tan maratoniana función se convierten en un inmenso montón de personajes, vestidos siempre de muy diferente manera. Tan solo un pequeño pero, las pelucas no son muy necesarias. Con los diferentes cambios de registro, que los hay, basta.