Arte

El origen del mercado del arte en Mallorca

El restaurador José María Pardo publica una detallada historia de la sociedad del Fomento de la Pintura y Escultura que impulsó el arte en la isla entre 1876 y 1904

06/05/2026

PalmaLa historia del comercio del arte en Mallorca no se puede entender sin la irrupción, a finales del siglo XIX, de una sociedad que convirtió la pintura en objeto de deseo y en un negocio con capacidad de mover capitales importantes. Hablamos del Foment de la Pintura i Escultura, una entidad social activa en Ciutat entre 1876 y 1904, pero de la que hasta ahora apenas se ha hablado. El restaurador de obras de arte José María Pardo Falcón reconstruye ahora aquella aventura colectiva en el libro-ensayo La sociedad del Fomento de la Pintura y Escultura. Palma 1876-1904, editado por Ensiola y prologado por la catedrática Catalina Cantarellas. El volumen se presentará el 7 de mayo en la librería Quars, en una conversación entre el autor y la misma Cantarellas.

El libro documenta de manera exhaustiva cómo el Foment de la Pintura i Escultura se convirtió en la semilla del primer mercado artístico estable en Mallorca. Durante casi tres décadas, esta entidad impulsada por pintores, burgueses, instituciones y mecenas creó un circuito de compra, venta, exhibición y sorteo de obras que hasta entonces no existía en la isla. “El gran triunfo del Foment es que cualquier persona que tuviera una acción podía participar en el sorteo, comprar o, en los primeros tiempos, incluso aportar un cuadro de su propiedad”, explica Pardo. Además, destaca que la extraordinaria permanencia del Foment –28 años– no tiene prácticamente comparación con iniciativas similares del Estado. Según José M. Pardo, esta larga duración se explica por el apoyo transversal que recibió desde el principio, con implicación de los principales estamentos políticos, sociales y culturales de la Mallorca de la época, hasta el punto de otorgarle un cierto carácter casi institucional.

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El Foment nació en un contexto de cambio social y económico. La Restauración había consolidado una nueva burguesía urbana con capacidad adquisitiva y con voluntad de distinguirse culturalmente. La pintura se había convertido en una moda. Las casas de las familias acomodadas reclamaban imágenes y decoración, y los artistas necesitaban canales para vender sus obras. “Todos los habitantes de Palma con una cierta posición necesitaban cuadros en casa”, resume el autor.

El detonante también tuvo un componente internacional. La muerte del pintor Marià Fortuny, en 1874, había disparado los precios de la pintura española y había incrementado el interés coleccionista. Los artistas mallorquines, que hasta entonces habían expuesto, sobre todo, en las sociedades artísticas de Barcelona, encontraron en el Foment una alternativa propia después del cierre de algunas de aquellas entidades catalanas.

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Entre los principales impulsores hubo pintores como Ricard Anckermann, Emili Pou y Joan O’Neille, que tenían el apoyo del Ayuntamiento de Palma, la Diputación Provincial (antecedente del Consell de Mallorca), el Obispado, el gobierno civil, el gobierno militar y entidades como el Círculo Mallorquín. Vinculado a la Academia de Bellas Artes, el Fomento de la Pintura y Escultura estuvo presidido mayoritariamente por profesores y pintores de la misma Academia, entre ellos Fausto Morell, O’Neille, Anckermann, Joan Mestre y Francesc Parietti. También participaron grandes nombres de la sociedad mallorquina de la época. El archiduque Lluís Salvador fue uno de los principales accionistas y el primer gran suscriptor fue Sureda Villalonga.

Una fórmula innovadora

La fórmula de funcionamiento del Fomento era innovadora y efectiva. El deseo colectivo de hacer de Palma un centro artístico moderno se combinaba con el incentivo del azar, ya que los accionistas podían obtener obras a través de sorteos periódicos de cantidades económicas para comprarlas. Este mecanismo acabaría definiendo un modelo propio que, según Pardo, estimuló la creatividad artística remunerándola, centralizó y mercantilizó las obras de los artistas locales y mantuvo vivo el interés por el arte y la pintura durante el último tercio del siglo XIX y posteriormente. El Fomento se financiaba mediante pequeñas cuotas mensuales y llegó a reunir cerca de 500 suscriptores y más de un millar de participaciones. Los primeros años los sorteos se hacían cada tres meses y la actividad era intensa. La dinámica de los sorteos y de las ventas privadas acabó estableciendo referencias artísticas y económicas y generó un mercado local prácticamente inexistente hasta 1876. Las obras expuestas llevaban carteles con el precio, un mecanismo que contribuía a normalizar la compra y venta de arte y a dar transparencia al mercado.

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Pardo aporta también datos muy precisos sobre la dimensión económica del fenómeno. Entre 1876 y 1885, en los primeros 35 sorteos, el Fomento repartió 35.025 pesetas en 357 premios. Entre 1886 y 1904, a pesar de la decadencia progresiva de la entidad, aún distribuyó cerca de 37.000 pesetas más en 68 sorteos y 435 lotes. En total, más de un centenar de sorteos acabaron adjudicando casi 800 obras de arte por un valor superior a las 70.000 pesetas, sin contar las ventas particulares que también se canalizaban a través del Fomento. Los artistas, muchos de los cuales cobraban sueldos modestos como profesores o funcionarios –Anckermann, que presidía la Academia, tenía un sueldo mensual de 125 pesetas–, encontraron finalmente una estructura que les permitía consolidar su trabajo.

“El fenómeno real del Fomento son sobre todo los tres o cuatro primeros años”, señala Pardo. Entre 1876 y 1879 la sociedad vive la etapa más próspera. Palma dispone incluso de un salón permanente donde exponen artistas y aficionados y el movimiento comercial es constante. Muchas de las obras producidas en Mallorca pasaban por el Fomento o por los escaparates más refinados del centro de la Ciudad.

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El libro también reconstruye la progresiva decadencia de la sociedad. A partir de 1885 los suscriptores disminuyen, la entidad pierde estabilidad e incluso se queda sin local propio. Buena parte de su actividad solo se puede seguir a través de las noticias de prensa que Pardo ha recuperado pacientemente en una extensa labor de documentación. El autor ha reconstruido la historia del Fomento a partir de reglamentos, anuncios, crónicas periodísticas y documentación dispersa, ofreciendo así una radiografía muy precisa, no solo de la entidad, sino también de la vida cultural de la Palma de finales del XIX.

La remontada llegó en 1897 gracias a una nueva directiva encabezada por Alexandre Rosselló como presidente y Martínez Rosich como vicepresidente, considerado por Pardo uno de los grandes dinamizadores de la última etapa de la sociedad. Sin embargo, el cambio de siglo transformó definitivamente el panorama artístico. La irrupción de nuevas estéticas aceleró el declive de una sociedad todavía muy aferrada a los postulados academicistas. Pardo subraya especialmente la pugna entre Santiago Rusiñol y Antoni Gelabert, por un lado, y Joan O’Neille, por el otro, como uno de los episodios que precipitaron la disolución definitiva del Foment en 1904. La irrupción del modernismo y figuras como Santiago Rusiñol cambiaron los gustos y las dinámicas culturales. Rusiñol había llegado a Mallorca en 1901 para hacer los cuadros del Gran Hotel e impulsó poco después la primera gran exposición modernista en la isla. En 1902 promovió en Barcelona una exposición del pintor Antoni Gelabert. El mundo artístico entraba en una nueva etapa y el modelo del Foment comenzaba a parecer antiguo.

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Una huella profunda

A pesar de ello, la huella del Fomento fue profunda. El mismo sistema de sorteos benefició especialmente a los grandes accionistas más constantes: la Diputación Provincial consiguió 38 premios; el archiduque Luis Salvador, 29; el Círculo Mallorquín, 22, y el Ayuntamiento de Palma, 11, que se traducían en compra de obras. Aun así, las ganancias quedaban muy lejos de las aportaciones económicas que estas instituciones y personalidades habían hecho para sostener el proyecto. Sin embargo, muchas de las actuales colecciones de arte institucionales tienen su origen en aquellos sorteos y adquisiciones. Parte de las obras que hoy conserva el Consell de Mallorca y también el Ayuntamiento de Palma provienen directamente del Fomento de la Pintura y Escultura, donde fueron compradas después de los sorteos. El Parlament también conserva piezas vinculadas a aquella historia de 28 años, heredero, en parte, como es esta institución del patrimonio del Círculo Mallorquín, que se ubicaba en el edificio que hoy ocupa la cámara parlamentaria. Y, en otro nivel, colecciones posteriores como la de Sa Nostra acabaron adquiriendo obras que habían circulado inicialmente por aquel mercado.

El libro de José María Pardo no es solo la historia de una sociedad artística. Es también el retrato de una ciudad que descubría el arte como signo de modernidad, de una burguesía que empezaba a coleccionar pintura y de unos artistas que, por primera vez, encontraban un mecanismo estable para profesionalizarse. En definitiva, es la historia del momento en que Mallorca empezó a construir su mercado artístico contemporáneo.