La Manon Lescaut, de Puccini, apuntaba a extraordinaria: primero, por ser la ópera que inauguraba la temporada del Teatro Real; después, por su secular silencio en el ‘Foro’ y, finalmente, por una estrella como Sondra Radvanovsky al frente de la función. Se quedó, tan solo, en un “no está mal”, pero, sobre todo, en un “muy mejorable”. Seguramente, el máximo responsable de este ‘quiero y no puedo’ fuera el director artístico de la coproducción con la Oper Köln, Carlos Wagner. No tanto por una puesta en escena que resulta más estética que funcional, como por una dirección de actores que hizo que nada se sostuviera con un mínimo de solidez; no por la impostura en cada gesto, que también, sino por una concepción párvula de los personajes. Contra el venezolano Wagner luchó Nicola Luisotti con su eficaz y silencioso instrumento. Tanto es así que el mayor aplauso de la velada fue para él y la orquesta del Teatro Real justo después de interpretar el famoso Intermezzo, el cual han trasladado del principio del tercer acto al comienzo del cuarto, con una proyección de la mar grande, como elemento visual con el cual dejar constancia del viaje que hacen Des Grieux y Manon hacia su desértico y norteamericano destino. Este mágico momento hizo estallar un Teatro Real lleno hasta la bandera, que parecía que fuera para desatar las ganas de aplaudir del respetable, que habían sido escasas, y las que surgieron, un poco demasiado apagadas.
En cuanto al Des Grieux de Michael Fabiano, encargado de sustituir a Brian Jagde, quedó claro que el personaje le quedaba un poco grande, ya desde el complicado y exigente Donna non vidi mai, que resolvió con algún empuje y una interpretación dramática muy elemental que hacía poco probable su credibilidad en el rol de un seductor. No hace falta decir que Sondra Radvanovsky cumplió su cometido con nota, con una Sola, perduta, abbandonata de gran nivel, pero no es menos cierto que el vestuario que le adjudicaron en el segundo acto no solo no le hacía ningún favor, sino que evidenciaba y acentuaba que la edad de la cantante no se correspondía, no solo con el personaje, sino tampoco con las maneras, ni acertadas, ni mucho menos, verosímiles. Mejor en el dibujo, tanto de Lescaut, interpretado por Lucas Meachem, e, incluso, el Geronte de Pietro Spagnoli. El coro tuvo que hacer demasiadas cosas además de cantar, hecho que tampoco ayudaba a hacer que el conjunto dejara de ser tan postizo.
Podríamos continuar escarbando, sobre todo en la puesta en escena, con una ridícula secuencia de striptease de vergüenza ajena y una referencia a Los caballeros las prefieren rubias, la cual pretendía hacer de Manon una imposible Lorelei Lee. Y así, sucesivamente.