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La verdad contra el poder: Ibsen vuelve con fuerza al Principal de Palma
La versión libre de 'El enemigo' dirigida por José Martret se puede ver en el Teatre Principal de Palma. No solo actualiza esta obra, sino que la proyecta con una fuerza inquietante sobre el presente
PalmaHay textos que no envejecen porque, en realidad, nunca han dejado de hablarnos y atraviesan el tiempo porque señalan aquello que las sociedades prefieren no mirar. Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, es un ejemplo contundente. La versión libre que ha hecho José Martret, estrenada en el Teatre Principal de Palma, no solo actualiza la obra, sino que la proyecta con una fuerza inquietante sobre el presente y confirma su vigencia con una contundencia que nos interpela directamente.
Martret entiende que el conflicto central de Ibsen no es solo moral, sino profundamente político: ¿qué pasa cuando la verdad choca con los intereses económicos, con la comodidad social o con el relato dominante? La respuesta, tanto ayer como hoy, es la misma: el disidente se convierte en un enemigo. La historia del doctor Stockmann, el hombre que osa decir una verdad incómoda y es señalado por la misma comunidad que pretendía proteger, resuena hoy con una claridad casi dolorosa. La propuesta de Martret es relevante por su capacidad de extrapolación; en tiempos de desinformación y de descrédito del pensamiento crítico, Un enemigo del pueblo nos obliga a mirarnos al espejo. ¿Quién decide qué es verdad? ¿Qué precio tiene defenderla? Y, sobre todo, ¿cuántos estamos dispuestos a asumirla?
Esta versión no ofrece respuestas cómodas, pero sí un elemento más valioso: remueve conciencias, genera inquietud. Es precisamente eso lo que hace del teatro un espacio necesario. La puesta en escena apuesta por la contención y la tensión sostenida. Sin artificios innecesarios, el texto, afilado, incisivo, deviene el verdadero motor del espectáculo. Los intérpretes sostienen con solvencia un discurso que crece en intensidad hasta llegar a momentos de una gran fuerza dramática.
La escenografía resuelve con sencillez tres espacios clave: la casa del doctor, el despacho del director de La voz del pueblo y la sala de la asamblea, sin necesidad de cambios. Esta aparente simplicidad refuerza el peso de la palabra y del conflicto, que avanza sin distracciones hacia su clímax. Precisamente en este clímax, el montaje encuentra uno de sus momentos más brillantes: la asamblea se desborda más allá del escenario y el espectador deja de ser observador pasivo y se ve inmerso en la tensión colectiva, casi invitado a tomar partido. El recurso no es solo efectista: es profundamente coherente con el fondo ideológico de la obra. En este contexto, destaca con fuerza la interpretación de Toni Gomila como doctor Stockmann, quien construye un personaje mordaz, firme, pero contenido, que rehúye la estridencia y gana credibilidad en cada escena. La suya es una verdad dicha sin grandilocuencia, pero con una determinación que abruma; es la historia de un hombre que denuncia un problema que pone en riesgo la salud y el futuro de la comunidad y que es silenciado porque la verdad amenaza los intereses económicos. Una historia que resuena como un martillazo, sin ir más lejos, en una Mallorca vendida en subasta y donde los doctores Stockmann, que hace décadas que nos avisan del desastre que se acerca, son ignorados. ¿Quiénes son hoy los Stockmann? ¿Quién se atreve a cuestionar un modelo que genera riqueza a corto plazo, pero que compromete el futuro colectivo? Y, sobre todo, ¿qué hace la mayoría cuando estas voces se alzan? En este sentido, Un enemigo del pueblo deja de ser solo un clásico para convertirse en un ejemplo molesto. La respuesta de Ibsen todavía es incómoda: la verdad tiene un precio y, a menudo, quien la defiende queda solo.