Así se preparó el golpe de estado que cambió la historia de Mallorca
Cómo se preparó en Mallorca el golpe de estado de 1936, del cual se cumplen 90 años
PalmaNo sabían que sería el comienzo de una guerra que duraría tres años. Iba a ser un golpe de Estado, supuestamente para salvar España de una pretendida revolución comunista. Tampoco todos eran fascistas, aunque se les llamara así de manera generalizada. El hecho es que elementos del ejército, de una Falange muy minoritaria y de la derecha, también los carlistas, prepararon en Mallorca –con no demasiada discreción– aquella revuelta contra la autoridad legítima de la II República, que estalló en julio de 1936, hace ahora 90 años.
La incomodidad de los monárquicos –seguidores del destronado Alfonso XIII o bien de otra rama dinástica, los carlistas– era manifiesta desde la proclamación de la República en 1931. Y la de los conservadores en general, recelosos con los avances progresistas. Ahora se habla mucho de polarización, pero una parte del PSOE de entonces era admiradora de la revolución soviética, mientras que la derecha coqueteaba peligrosamente con el fascismo, muy de moda en Europa en aquellos momentos y cuya versión española era la Falange, fundada por José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador que había gobernado hasta 1930. Se pueden añadir los efectos de la crisis de 1929, un analfabetismo generalizado y la enorme influencia de una Iglesia católica muy conservadora.
La victoria de la izquierda en las elecciones generales de febrero de 1936, no en Mallorca, pero sí en el conjunto del Estado, encendió aún más los ánimos. De repente se generó una bola espectacular: los comunistas –que eran una minoría, y más aún en las Islas– preparaban una revolución. Había que pararles los pies y salvar la patria de la dictadura marxista. Eso de "que vienen los comunistas" parece que es recurrente, hace nada que Trump lo ha vuelto a usar.
Solo unos días antes de aquellos comicios, en un mitin en Manacor, el dirigente falangista Joan Riera ya hacía un llamamiento a la acción, sin mucho eufemismo. Riera aseguraba que “las hordas marxistas al servicio de Rusia” conducían el Estado “a una lucha fratricida que será la ruina de la patria si no os aprestáis a la lucha como nosotros ya lo estamos”.
Conspiraciones no muy discretas
El cerebro de la conspiración en el conjunto del Estado era el general Emilio Mola, desde Pamplona. En Palma se constituyó una Junta divisionaria, presidida por el comandante Mateo Torres Bestard. En cuanto a los grupos políticos, colaboraban los falangistas, los carlistas –encabezados por Josep Quint Zaforteza–, y dos formaciones de derecha: Renovación Española y Acción Popular. El comandante militar de las Baleares, el general Manuel Goded, era un decidido partidario del golpe.
La Falange había sido declarada ilegal, y los dirigentes, entre ellos Alfonso de Zayas, encarcelados en el castillo de San Carlos. Pero no parece que el régimen penitenciario fuera muy estricto. Se les permitía salir tranquilamente del recinto –talmente un tercer grado a la brava–, asistir a las reuniones clandestinas donde se gestaba el golpe y después volver a la cárcel, cuando ya empezaba a clarear, como quien va de paseo.
De hecho, resulta sorprendente cómo las reuniones de los conjurados se llevaban a cabo en diversos escenarios de Palma, sin que, aparentemente, levantaran la más mínima sospecha. Ferrari Billoch registra cómo los militares se reunían en un lugar bien concreto y bien céntrico: un entresuelo de la Rambla, el domicilio del comandante Llobera. Llegaban a reunirse hasta una decena de conspiradores, sin tomar ninguna precaución y sin que en ningún momento les molestara nadie.
Otro lugar habitual de encuentro era Can Quint Zaforteza, entre el Born y la calle de Sant Feliu, residencia del principal dirigente de los carlistas. Sin que aparentemente nadie se preguntara qué demonios hacían todos aquellos reunidos, con periodicidad semanal se encontraban en aquel palacio, de las 17:00 a las 19:00 h, los principales promotores del golpe.
Josep Quint Zaforteza había recibido instrucciones en Madrid del entonces jefe de los tradicionalistas, Manuel Fal Conde, de seguir las órdenes de la autoridad militar al producirse el golpe. No tenían mucho en común los carlistas con los falangistas: los golpistas formaban un cóctel con exceso de ingredientes, y solo el hecho de someterse, todos, a los mandos del ejército, les proporcionó una cierta unidad. Otros lugares de encuentro para los conspiradores fueron los domicilios de los cabecillas falangistas, como el del mismo Zayas, y la sede del Círculo Tradicionalista, carlista.
¿Qué hacía falta para poder llevar a cabo aquella revuelta con la que detener la supuesta amenaza comunista? La respuesta es obvia: armas. Según Ferrari, el militar Sebastià Feliu Blanes distribuyó un puñado entre los civiles dispuestos a participar. Una de las formaciones implicadas, Acción Popular, llegó a hacerse con un buen depósito. Dos buques franceses, de la ruta Marsella-Argel, también las proporcionaron a los conspiradores. El dirigente falangista Antoni Nicolau aprovechó sus buenas relaciones con los estanqueros de Inca para hacerse con armas de caza y munición.
Armas escondidas en latas de jabón
Por supuesto, aquel arsenal se tenía que esconder en lugares discretos, como en las buhardillas de Can Quint Zaforteza, en latas de jabón destinadas a un comercio de comestibles y a una fábrica de pasta para sopa. Lo más surrealista de todos: el mismo castillo de Sant Carles, prisión de falangistas y de militares díscolos y, en teoría –solo en teoría–, rigurosamente vigilado. Cuando una pareja de la Guardia Civil, alertada por una delación, llevó a cabo un registro, no encontró nada. Se interesaron por un gran armario, muy sospechoso, pero les advirtieron que era de los oficiales, y se fueron sin tocar nada. Quien manda, manda.
Las armas no servían de nada si no sabían hacerlas servir. Y, para eso, había que hacer prácticas, tal como en las películas de acción, en las cuales los personajes disparan contra una diana o contra lo que sea. Los falangistas, según dice Ferrari, hacían ejercicios de tiro en la torre de en Pau, en el Coll d’en Rebassa. Con aquella ausencia de discreción que caracterizó toda la conjura, los miembros de la junta de Palma descifraban las instrucciones que recibían de Mola mientras tomaban tranquilamente un café en el Born, después rebautizado como Miami.
La señal que directamente demostraba que se iba hacia la catástrofe fue el asesinato en Madrid, día 13 de julio, del diputado de derechas José Calvo Sotelo por parte de miembros de la Guardia de Asalto, un cuerpo policial. Día 16, los conspiradores ultimaban detalles en un lugar, también, la mar de discreto: la iglesia de santa Teresa, en el céntrico paseo de la Rambla, en Palma.
Que se daría el golpe ya estaba claro. Quedaba fijarse en la fecha exacta. La primera fue 17 de julio: a las 02.00 h, hubo una concentración en Palma de falangistas que procedían de diversas localidades de la Part Forana. Pero hubieron de volver a casa suya, discretamente, sin que pasara nada.
Ese mismo día, en la iglesia de San Francisco, en Palma, se oficiaba un funeral por el alma del parlamentario asesinado. Narra Josep Massot que los jóvenes de las formaciones conservadoras asistieron desarmados, por si acaso las fuerzas del orden les querían registrar. En cambio, sus hermanas y novias llevaban pistolas bajo las faldas; a ningún policía se le habría ocurrido nunca importunar a unas señoritas.
El día 17 estalló la insurrección en Marruecos. Le dio su apoyo un mallorquín, Joan March, que pagó los gastos del avión Dragon Rapide, que llevó a Francisco Franco desde su comandancia general de Canarias hasta el territorio colonial, donde se puso al frente de las tropas de élite destinadas.
El gobernador civil de Baleares, Antonio Espina, solo llevaba una semana en el cargo. El día 18 llamó a su despacho al gobernador militar, el general Manuel Goded, y le preguntó si permanecería fiel a la República. “Faltaría más. Naturalmente”, respondió Goded, mintiendo sin ningún escrúpulo. Espina le creyó. Se negó a repartir las armas que le pedían los dirigentes de los partidos de izquierda y se fue a su casa, a dormir.
Aquella fue una noche muy larga en Palma, la del 18 al 19 de julio. Uno de los puntos de reunión de los golpistas fue la actual sede del parlamento autonómico, el entonces Círculo Mallorquín, un referente de la clase alta isleña. A las 04.00 h se oficiaba una misa en casa del marqués de la Torre, la actual sede del Colegio de Arquitectos. El capellán aseguró después que no tenía ni idea de por qué se había concentrado, a aquella hora intempestiva, toda aquella gente.
El palacio de la Almudaina, la sede de Capitanía, fue el lugar de concentración. A las 07.30 h, Goded hizo público el estado de guerra. Era el comienzo de un conflicto armado que se prolongaría tres largos años y que daría como fruto una dictadura, la de Franco, que se mantendría cuatro interminables decenios.
Aquel mismo 18 de julio de 1936 que pasaría, lamentablemente, a la Historia, personalidades de diferentes posiciones políticas compartieron una última iniciativa en paz: un almuerzo en homenaje, en Palma, al escritor francés residente en Mallorca Georges Bernanos por haber sido galardonado por la Academia Francesa por Diario de un cura rural. Eran “elementos adversos, pero no enemigos”, según el ultraderechista Miguel Villalonga, uno de los asistentes. Lo organizaba el Ateneo, en nombre del cual intervino José María Eyalar, quien, al estallar el golpe, sería sometido a un consejo de guerra y encarcelado dos años.Solo unos días antes, al ser asesinado Calvo Sotelo, Bernanos había preguntado a Miguel Villalonga: “¿Qué piensan hacer ustedes?”. Villalonga no podía revelarle lo que estaban a punto de hacer. A pesar de que Bernanos le advirtió que él tenía unas cuantas pistolas y que pensaba usarlas, y que su casa había servido de lugar de reunión para los falangistas, entre los que se encontraba su hijo Ives. Su posición cambiaría radicalmente al enterarse de los crímenes de los franquistas, que denunció públicamente en su libro Los grandes cementerios bajo la luna.Después del almuerzo, los comensales fueron a tomar el té a la residencia personal del cónsul de Francia. La amigable tertulia fue interrumpida por una llamada telefónica urgente. Según Guillem Colom, otro de los asistentes, era de Alfonso de Zayas. La verdad es que Zayas aún estaba en prisión, pero, si podía salir tan tranquilo a las reuniones clandestinas, seguro que también podía hacer una llamada telefónica.
Información elaborada a partir de textos de Antoni Ignasi Alomar y Canyelles, David Ginard y Féron, Francisco Ferrari Billoch, Albert Herranz Hammer y Joana Maria Roque Company, Joan Mas Quetglas, Miquel Àngel Casasnovas, Bartomeu Garí Salleras, Antoni Janer Torrens y Genoveva García Queipo de Llano