La Mallorca que resiste entre carros, mulos y balas de paja

Mateu Fontiroig continúa metiendo la paja con un carro largo y el mulo Azul, una escena que sobrevive al corazón del Pla de Mallorca y que contrasta con una isla marcada por la masificación, las prisas y el turismo

Joan Socies
10/07/2026

PiA pocos kilómetros de las playas y mientras vemos pasar aviones cada minuto por encima de nuestras cabezas, existe una Mallorca que trabaja en otra dimensión. Es el Pla. Tampoco queremos decirlo ni gritarlo a los cuatro vientos, pero sí que lo recogemos para vosotros, la gente de aquí, de la tierra, la que vivís con este mismo latido. Así, en medio del Pla, en un punto cualquiera del Camino del campo de Pina a Lloret de Vistalegre hay quien lleva la quimera de la raza vieja y gigantesca que escribió Pere Capellà y que canta Biel Majoral.

Aquí, el calendario no lo dictan las temporadas turísticas, sino las estaciones de la tierra. Ahora, en un julio agosteño, el Pla se convierte en el escenario de un combate silencioso por la supervivencia de la memoria. En sa Rota de sa Cova, Mateu Fontiroig, saca el carro largo y en Blau, el mulo, para ir a meter las balas de paja.

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En el resto de Mallorca los diarios abren las portadas con cifras de visitantes, colapsos en las carreteras y calas saturadas. Pero aquí somos de otra pasta y en esta ocasión es en Lloret, pero puede ser en cualquier valla o hondonada de Sencelles, Sineu, Sant Joan, Petra o Vilafranca. Un payés, un carro, una mula y una paciencia infinita.

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Quedamos con Mateu, no sin tener que rogarle un poco, que nos cita «cuando el sol no apriete tanto», dicho de otra forma, al haber terminado la etapa del Tour de Francia. En Blau se sacude las moscas y le arranca a partir. De la finca salimos poco a poco con el balanceo acompasado de la mula y el carro, en todo el recorrido hasta el trozo donde había la cebada y ahora está el rastrojo y la paja, no encontramos casi a nadie, y los pocos vecinos que pasan tampoco le dan mucha importancia a ver la mula y el carro.

Ya en el trozo cargamos las balas, «40 caben en el carro largo y dos para sentarse», dice Mateu a Pere Antoni y Tomeu que le ayudan en la tarea. La imagen del carro con las balas de paja cada vez se hace más bucólica. Ver una mula arrastrando el carro cargado de paja mientras el payés lo acompaña sin prisas, es casi un acto de rebeldía poética. Es la contraposición absoluta a la inmediatez que nos domina; un trabajo que requiere mirar al cielo, poner los pies en tierra, respetar las fuerzas del animal y asumir que las cosas piden el tiempo que piden. Ni un minuto menos. Al visualizar la estampa no podemos creernos estar en Mallorca, no es la Mallorca de instagram que conocemos, es la Mallorca que hemos visto en blanco y negro.

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Y es que estas labores del campo que sobreviven al amparo de la modernidad ponen un espejo incómodo frente a la Mallorca masificada. Nos recuerdan de dónde venimos y, sobre todo, qué estamos dispuestos a perder. El turismo de masas y los residentes de masas consumen el territorio a una velocidad voraz, homogeneízan los paisajes y convierten la identidad en un decorado de cartón-piedra para una foto de Instagram. Lo repetimos, pero solo para vosotros, para la gente de aquí, el Pla mantiene la autenticidad precisamente porque se resiste a ser un parque temático. El sudor de quien carga la paja a mano es real; el polvo que levanta el carro es de verdad y no hacen, ni quieren hacer ostentación. Solo es su pasión, su manera de entender Mallorca y fuera de la villa. Animales, herramientas de otro tiempo que conservan con paciencia y amor.

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Y tampoco se trata de caer en una nostalgia idealizada o de querer que el campesinado viva en el pasado para nuestro deleite estético. La vida del campo es dura, a menudo desagradecida y poco valorada económicamente. Pero sí que hay que reivindicar estos últimos reductos de calma y oficio como el tesoro más grande de la isla.

Mateu y Blau hacen su camino. Mientras Mallorca se llena de ruido, el Pla nos ofrece el silencio solo roto por el balanceo de un carro y el paso de una mula. Allí, entre balas de paja y polvo dorado, late la Mallorca que todavía sabe quién es. Protegerla no es un capricho, es una obligación moral antes de que la frescura, la construcción y el asfalto se lo acaben comiendo todo.