Festival de Jazz de Manacor: El mundo dentro de una plaza de Manacor
La tercera edición del Festival de Jazz de Manacor convierte la plaza del Rector Rubí en un espacio abierto a la música, la improvisación y el encuentro entre públicos
ManacorEl ritmo nace en África. Conviene empezar por aquí antes de preguntarnos qué es el jazz. Porque todavía hay quien lo imagina como una música de clubes oscuros, copas caras y una cierta liturgia cultural reservada a los iniciados.
Pero el jazz nació de la mezcla, de la diáspora africana y de las tradiciones afroamericanas que fueron tomando forma en los Estados Unidos. Spirituals, work songs, blues, el ragtime y las músicas de Nueva Orleans. Músicas relativas a la memoria, por la comunidad, por la desigualdad racial y social, reminiscencias de esclavitud, colonización, y la necesidad de convertir la experiencia en ritmo.
Por eso resulta paradójico que una música con unas raíces tan profundamente populares y afroamericanas haya acabado asociándose, en algunos espacios, a una cierta idea de elitismo. Y quizás por eso un festival de jazz en una plaza tiene algo tan acertado. Sin puertas que seleccionar, sin códigos de vestimenta y sin necesidad de saber distinguir un acorde disminuido de uno aumentado para poder sentarse, escuchar y disfrutar. El jazz también puede ser una plaza, una noche de verano, gente que sabe muchísimo de música, y gente que simplemente pasaba por allí y decide hacer una parada. Eso es lo que se respiró el sábado pasado en Manacor.
A las ocho de la tarde comenzó la primera velada de la tercera edición del Festival de Jazz, con Toni Saigi Quartet y Anggie Obin Quartet. Las luces azules y moradas iluminaron las paredes de marés de la iglesia de los Dolores, en la plaza del Rector Rubí, mientras sobre el escenario sucedía aquel extraño diálogo que solo permite la música cuando está viva. Una parte escrita, otra improvisada y un público dispuesto a dejarse llevar. El tiempo pasó más deprisa de lo que parecía. O quizás éramos nosotros quienes, durante un rato, dejamos de medirlo.
La organización calcula que alrededor de trescientas personas compartieron aquella tarde el espacio. Trescientos cuerpos, trescientas pequeñas historias, trescientas maneras diferentes de llegar hasta allí y, durante unas horas, una misma experiencia sonora.
Nazareth Castellanos hace años que explica desde la neurociencia algo que quizás quienes bailamos o escuchamos música ya sabemos intuitivamente, es decir, que el cerebro no funciona aislado del cuerpo, y que la actividad del corazón y la respiración participan también en nuestra manera de percibir, atender y relacionarnos.
En estudios sobre interacción humana se han observado, además, correlaciones entre las dinámicas cardíacas de personas que se encuentran y se escuchan. Esto no significa que trescientas personas pasen a tener un único corazón, pero sí que nuestros cuerpos pueden empezar a responder, en cierta manera, a aquello que sucede en los cuerpos que tenemos alrededor.
Me gusta imaginar aquella plaza como un pequeño bosque de personas. Un bosque de neuronas, quizás, si le pidiéramos prestada la mirada a Santiago Ramón y Cajal. Cuerpos aparentemente separados que, sin embargo, establecen conexiones. Cada cual llega con su propio mundo, pero durante un concierto hay algo que nos une a todas y todos a la vez.
Y aquí me viene también Merleau-Ponty. Para quien la fenomenología, el cuerpo no es simplemente aquel objeto que transportamos de un lugar a otro mientras nuestra verdadera conciencia vive en alguna parte del cerebro. Somos cuerpo vivido.
Simplificando: percibimos el mundo desde él y con él. También la música… no solo la escuchamos, sino que la sentimos, la anticipamos, la seguimos con la respiración, con el pie (tac… tac… tac…), con la cabeza o con aquel movimiento casi imperceptible que empieza en alguna parte del cuerpo cuando una melodía consigue encontrarnos.
Y cuando una baila, aunque sea sentada en una silla, hay algo liberador en dejar que el cuerpo siga un ritmo distinto al del reloj y la productividad, del trabajo o de las obligaciones.
Quizás por eso había algo tan reconocible en las caras extasiadas de los músicos y las músicas —y de algunas personas del público, lo he de decir— aquella noche. No solo estaban interpretando. También estaban siendo seducidas y seducidos por aquello que estaban construyendo en comunidad mediante la creación.
La música les conectaba entre ellos y nos conectaba a nosotros con ellos. Aquello que durante mucho tiempo hemos explicado con palabras como trance, comunión o incluso espiritualidad empieza ahora a poder estudiarse también desde la neurociencia y desde las ciencias del cuerpo.
Pero una explicación científica no tiene por qué expulsar a las otras. Que podamos estudiar cómo funciona una experiencia no significa que la tengamos que vaciar de misterio.
Después llegó Anggie Obin, con la flauta travesera y una música que no se conformaba con sonar bien. Habló también de las luchas contra el racismo y convirtió el escenario en un espacio donde la creación y el activismo podían encontrarse sin pedir permiso.
Porque una de las grandes posibilidades del arte —y también de la filosofía— consiste precisamente en eso: en hacernos pensar cuando no nos lo esperábamos, obligarnos a mirar aquello que preferiríamos no mirar y, si tenemos suerte, movernos un poco por dentro.
Hubo mucha música propia y momentos progresivos, envolventes, de aquellos en los que uno deja de distinguir exactamente dónde termina la composición y dónde empieza la improvisación.
Y también hubo un homenaje al recientemente desaparecido Guim Cifré, una figura vinculada a la escena del jazz de Barcelona, cuyo recorrido estuvo estrechamente ligado al Milano Jazz Club hasta su cierre en 2023 y cuya muerte truncó nuevos proyectos alrededor de aquella escena.
Y entonces pensé en una cosa que todavía me cuesta creer. Hace unos quince o diecisiete años, cuando apenas imaginaba la posibilidad de que existiera un festival de jazz con una cierta ambición cerca de nosotros, me parecía casi una fantasía, incluso en Palma. Y ahora está pasando en Manacor.
Pero no solo está pasando. Está pasando con una calidad y un nivel artístico que hace que resulte difícil mirar hacia otra parte.
Y esto merece ser sostenido. No como una concesión, ni como un lujo para superexpertos, sino como parte de aquello que una ciudad puede ofrecer democráticamente a sus habitantes.
La cultura y el arte también deben estar en las calles. Deben ser patrimonio compartido. Y, siempre que sea posible, deben poder disfrutarse independientemente de la cuenta corriente, del linaje o de cuánto sepa uno de música.
En esto, poco a poco, parece que avanzamos. Muy poco a poco, eso sí. Y esto no acaba aquí.
Este sábado, la plaza del Rector Rubí volverá a convertirse en escenario con K12 Trio e Irene Reig Quartet. K12 Trio propone un viaje alrededor de un planeta imaginario, K12, un universo propio en el que ciudades, ríos, desiertos, habitantes y emociones se convierten en materia musical.
Es un proyecto que juega con la improvisación, pero también con la imaginación y con la construcción de una narrativa que va más allá del concierto convencional.
Irene Reig Quartet, liderado por la saxofonista, compositora y arreglista Irene Reig, reúne a Will Barry al piano, Pau Sala al contrabajo y Andreu Pitarch a la batería.
La formación combina la tradición del bebop y el hard bop con elementos de la música contemporánea, la escritura de cámara y la improvisación moderna. La trayectoria internacional de Reig, formada entre Barcelona, Ámsterdam y Filadelfia, se traduce aquí en un lenguaje propio y en un repertorio íntegramente original.
Y el domingo llegará Jorge Rossy Quartet, con Jorge Rossy al vibráfono y la marimba, acompañado por Milena Casado a la trompeta, Robert Landfermann al contrabajo y Cornelia Nilsson a la batería.
Un cuarteto de dimensión internacional que reúne a diferentes generaciones y escenas del jazz europeo alrededor de las composiciones y arreglos de Rossy.
El vibráfono y la marimba ocuparán el centro de un universo sonoro abierto a la improvisación, acompañado por una formación en la que confluyen músicos procedentes de Cataluña, los Estados Unidos, Alemania y Suecia, con trayectorias internacionales y reconocimientos propios.
Tres días, tres propuestas diferentes y una misma idea de fondo. El jazz puede ser muchas cosas a la vez. Memoria y experimentación, o tradición y ruptura. Intimidad y espacio público. Música e introspección.
Nada de esto sería posible sin la organización de la Associació Musical i Cultural s'Escat, que desde su sede social de Via Alemanya, 22, en Manacor, trabaja por la promoción y divulgación de la música, especialmente del jazz.
La asociación cuenta entre sus fundadores con músicos mallorquines de trayectoria internacional y mantiene una programación propia de audiciones y actividades para los amantes del jazz y socios y socias, además de una jam session dominical abierta al público frecuentada por extraordinarios músicos de jazz de la isla (horario de invierno 18:30 y de verano 19:30).
Y tampoco podemos olvidar a quienes hacen posible que un proyecto cultural de estas dimensiones se pueda sostener: los patrocinadores privados que le dan apoyo y el Ayuntamiento de Manacor, cuya colaboración permite que una programación de estas características pueda ocupar nuestras calles y nuestras plazas.
Porque quizás hablar de jazz en Manacor no sea solo hablar de música. Es hablar de qué ciudad queremos construir a su alrededor.