Observatorio

Toda una experiencia

Los ascéticos movimientos de los derviches se encargaban de marcar la idiosincrasia espiritual de la función

Un momento de la representación en el claustro de Sant Bonaventura.
24/05/2026
2 min

PalmaEl monumental claustro de Sant Bonaventura acogió la Ceremonia de los derviches giróvagos, organizada por la Fundació Toni Catany, quien, como dice el programa de mano, fue un enamorado de las culturas del Mediterráneo, que pisó y de las cuales dejó testimonio artístico en incontables series fotográficas. No es un espectáculo, estoda una experiencia litúrgica, como muy bien explicó Halil Bárcena, el director del Institut d’Estudis Sufís de Barcelona, poco antes de dar curso a este Sêma: El viaje sufí, a cargo de la Neva Sufi Ensemble. Un grupo integrado, por un lado, por cuatro músicos con sus instrumentos tradicionales, el ney, el qanun, el ud y el bendir —más o menos, una flauta, una cítara trapezoidal, un laúd árabe y un tambor— también encargados de poner voz a los selam, la salutación en turco. Por otro lado, los semazens, derviches danzantes, otros cuatro, que van repitiendo los giros, siempre de izquierda a derecha, con la mano derecha girada hacia el cielo y la izquierda hacia tierra, la manera de establecer un vínculo entre el alma y el cuerpo, entre lo divino y lo humano.Decía Robert Graves en el prólogo deLos sufíes, del pensador fundacional Idries Shah, que “el sufismo representaba una corriente de iluminación interior centrada en el amor y el conocimiento de uno mismo, libre de dogmas opresivos”. Todo esto quedó patente en esta representación de la música y los bailes de la tradición clásica sufí mevleví. El recinto, lleno; el silencio, absoluto, reverencial. Como si se tratase de un oficio con toda su carga mística. Los ascéticos movimientos de los derviches se encargaban de marcar la idiosincrasia espiritual de la función, al mismo tiempo que exhibían una cadencia tanto estética como sobria y cenobítica.La música, emotiva y profunda, con las tradicionales frases melódicas de los maqamat, las cuales, mientras las voces salmodiaban los nombres de los profetas, aportaban a la representación la aleación pura y trascendente entre unos y otros. Era la sensación de que todo ello era mucho más de lo que nuestros sentidos podían captar en una primera instancia. Fue un homenaje, adecuado y emotivo, pero también una puerta abierta a otra manera de ver y vivir.

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