Corsarios menorquines contra Washington

Los isleños hicieron un papel destacado en el inicio de la historia de los Estados Unidos, que hacen 250 años

PalmaCasi un centenar de naves corsarias menorquinas entorpecieron con sus actuaciones que España y Francia pudieran ayudar a los colonos americanos en la revuelta contra los británicos, dirigida por George Washington, quien sería el primer presidente de los Estados Unidos y daría nombre a la capital. Los isleños, y concretamente los menorquines, hicieron un papel destacado y quizás no muy conocido en los inicios de los EE. UU., que celebran el sábado, 4 de julio, 250 años de su declaración de independencia, el 1776.La revuelta de los habitantes de las 13 colonias no fue un hecho aislado. Por un lado, venía de las ideas, ciertamente rompedoras, de los filósofos de la Ilustración, como Voltaire y compañía. Por otro, de un conflicto previo, la guerra de los Siete Años, entre Francia y España por un lado y Gran Bretaña por el otro, en la que los colonos habían apoyado a la metrópoli, pero para cuyos gastos –las guerras siempre son caras– les quería hacer pagar la factura. Esto llevó a la ruptura de las hostilidades, en 1775, y a la declaración unilateral de independencia del año siguiente.

Por aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, a los rivales habituales de los británicos, franceses y españoles les faltó tiempo para dar apoyo a las 13 colonias sublevadas. Además de las tropas enviadas al terreno, Francia y España podían hacer daño a los británicos donde más daño les hiciera: en el bolsillo, en el comercio marítimo. Así que bloquearon el estrecho de Gibraltar. Como explica el investigador Marc Pallicer, que este mes de julio publica en Círculo Rojo Los corsarios de Menorca al servicio de Gran Bretaña (1778-1782), aquello era “como cerrar el estrecho de Ormuz ahora”, es decir, una catástrofe para la economía.

Entonces Menorca estaba bajo dominación británica, y el Mediterráneo era el ámbito de actuación de las naves menorquinas. En consecuencia, se tuvieron que reciclar, como se dice ahora: pasaron de mercaderes a corsarios. Hay que decir que, aunque coloquialmente se les confunde con los piratas, no eran lo mismo, ni de lejos. Los corsarios asaltaban barcos, bien cierto, y se apoderaban de sus mercancías. Pero solo lo hacían con las naciones enemigas y con una licencia, la patente de corso, otorgada por su soberano: en este caso, el rey Jorge III. Ser corsario era una actividad perfectamente respetable.

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Menorquines contra mallorquines

Pallicer ha registrado 94 naves corsarias menorquinas que, en aquella segunda mitad del siglo XVIII, hicieron la vida imposible a franceses y españoles, obstaculizando que pudieran ayudar a los americanos. Representaban un refuerzo nada despreciable del poder británico. No todos los capitanes de aquellos barcos eran menorquines, los había de diversos pueblos que integraban la Gran Bretaña, pero sí que era menorquina la tripulación. Había también naves que llevaban nombres de territorios o localidades de la metrópoli.

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De entre aquellos buques corsarios, quizás el más destacado fuera el Maidstone, con un capitán extranjero al mando. Se hizo famoso por capturar, él solo y en dos acciones sucesivas, sendas escuadras francesas. El Tartar también fue uno de los más célebres. Al capitán del Bermuda, Ricardo Rols –menorquín de origen británico–, comenta Pallicer que todavía se le recuerda hoy en Menorca. A un niño que pide demasiado se le responde: “¿Te has creído que eres el hijo de Rols?”. El Bermuda se enfrentó con un barco catalán, el Comte d’Assalt, en un combate que se prolongó 13 horas y que acabó sin un claro vencedor.

Por supuesto, los mallorquines bajo dominio español también eran un objetivo perfectamente legítimo para los corsarios menorquines al servicio de los británicos. El puerto de Pollença fue escenario de una de las acciones del Maidstone y el Bermuda se acercó de manera preocupante a aguas de El Arenal –no debía haber bañistas, entonces. También el Puerto de Andratx se vio afectado. Era habitual que las naves de los menorquines usaran como refugio Cabrera, cosa que los visitantes de diversas procedencias hacían desde tiempos inmemoriales.

No solo los menorquines obstaculizaron los avances de los norteamericanos, sino que las victorias de los británicos sobre los sublevados eran celebradas a rabiar en Menorca. La toma de Charleston, en 1780, se festejó con fuegos artificiales, mientras que los barcos fondeados disparaban los cañones. Eso sí, la noticia llegó dos meses después del hecho; no había, de Internet, en aquella época. Otro servicio que hicieron los menorquines a los británicos fue el de espías: los había por todo el Mediterráneo, también en Mallorca: mientras no se les escapara un “açó” en un descuido, podían confundirse fácilmente con la población autóctona de la isla vecina.

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Pero no todos los corsarios menorquines mantuvieron la fidelidad a los ‘jans’, como eran conocidos los británicos en Menorca, por el nombre propio John, Joan, muy común. Aquel mismo 1776, que ahora se conmemora en gran manera, Jordi Ferragut –un patrón de Ciutadella de poco más de 20 años– fondeaba en Port-au-Prince, capital de Haití, con el objetivo de conseguir armas de fuego para la revuelta de los colonos, a cambio de las mercancías que llevaba. Con aquella carga llegó a Charleston y se unió a los rebeldes, hecho por el cual consiguió el grado de teniente del ejército de Carolina del Sur.

Pieza de intercambio

A Jordi Ferragut, apodado ‘George’, se le atribuyó haber salvado la vida a George Washington, el jefe de los colonos sublevados y después su presidente, cuyo linaje da nombre a la capital de los Estados Unidos. Participó, en el bando sublevado, en el asedio de Charleston, cuya victoria de los británicos fue celebrada en su isla natal, y allí cayó prisionero. Después de la guerra fue un pionero de la conquista del oeste. Su hijo, David Glasgow Farragut –con ‘a’, en lugar de la ‘e’ originaria–, sería el primer almirante de los Estados Unidos.

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Los vaivenes de la revuelta de las 13 colonias afectaron también a otro colectivo de menorquines: 110 familias, que se habían apuntado al proyecto del médico escocés Andrew Turnbull de crear en 1768 una colonia, Nueva Esmirna, cerca de San Agustín, en el actual estado de Florida. Había sido una posesión española, pero en 1763 la monarquía hispánica la había cedido a Gran Bretaña por el tratado de París. Por aquel mismo acuerdo, los franceses devolvían Menorca a los británicos, después de un breve período de dominio. Aquello de intercambiarse territorios con sus habitantes, como si fueran cromos, era habitual en la época.

Los menorquines inmigrados se encontraron en unas condiciones verdaderamente penosas, tanto por las condiciones hostiles de los terrenos como por la explotación sistemática de que eran objeto. El estallido de la revolución de las 13 colonias, como recoge Jaume Sastre, generó “una situación tensa” en Florida, a pesar de que no se sublevó. Aquel 1776, tan famoso, los rebeldes estaban a solo 20 kilómetros de San Agustín. Era tan grande el temor del gobernador británico de que los menorquines desesperados pidieran el apoyo a los sublevados del norte, que les dio permiso para abandonar la colonia e instalarse en San Agustín, ciudad a la que sus descendientes continuaron hablando catalán hasta poco antes de la II Guerra Mundial.

La fidelidad de los corsarios menorquines a la corona británica quizás no fue tan valorada como debía: los gobiernos se mueven por intereses, no por sentimentalismos. Gran Bretaña también necesitaba aliados, y los buscó en el otro extremo de Europa. El embajador británico James Harris ofreció a la emperatriz de Rusia, Catalina la Grande, cederle Menorca si le daban una mano para derrotar a los súbditos rebeldes. Pero la zarina rechazó la propuesta, que le pareció envenenada: no se le había perdido nada en aquel conflicto.

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Ahora bien, aquello parece que encendió las alarmas en la corte de Madrid, que, no se ha de olvidar, estaba al lado de los norteamericanos y en contra de los británicos. España nunca se había tragado la cesión de Menorca y Gibraltar por el tratado de Utrecht de 1713 y entró en acción. En 1782, las tropas de Carlos III, dirigidas por el francés Duque de Crillon, se apoderaron de la isla y los menorquines pasaban a ser súbditos de quien hasta entonces había sido el enemigo.

Por un nuevo tratado, el de Versalles, en 1783 Gran Bretaña no tuvo más remedio que reconocer, a regañadientes, la independencia de lo que habían sido 13 colonias de su propiedad. No tan solo eso: tenía que devolver Florida a España, con los colonos menorquines incluidos, y tenía que reconocer la soberanía hispánica sobre Menorca. Ahora bien: los británicos no se resignaron, y en 1798 volvieron a hacerse con la isla. En aquel momento, probablemente nadie lo imaginó, pero había nacido la que había de ser la futura gran superpotencia del mundo. A pesar de que los menorquines habían hecho lo posible para que no fuera así.

107 menorquines en la guerra entre el Nord i el Sud

Los menorquines también intervinieron en otro episodio crucial del pasado de los Estados Unidos: la guerra civil, estados del norte contra estados del sur, entre 1861 y 1865. Marc Pallicer ha documentado los nombres de 107 personajes originarios de la isla que participaron en aquel conflicto, con la abolición de la esclavitud como detonante y popularizado por el clásico Lo que el viento se llevó.Según el investigador menorquín, hacia 1840, un buen número de menorquines, quizás unos 500, se establecieron en Nueva Orleans, donde crearon una red de tabernas. Importaban productos desde la isla y exportaban algodón hacia Menorca. Además, practicaban el lucrativo tráfico de esclavos, con destino a Cuba: como utilizaban barcos norteamericanos, no podían ser interceptados por los británicos, que perseguían aquel comercio inhumano.Al estallar la guerra civil, se formó en el bando sureño una brigada de residentes europeos, dentro de la cual una ‘Spanish Legion’ (Legión Española), con un 20% de menorquines, que defendió Nueva Orleans en 1862 contra el ataque dirigido –que es de pequeño, el mundo– por el almirante hijo de menorquín Farragut, que salió ganador. Dos menorquines destacados de aquel conflicto fueron Rafel Josep Llull, de apodo ‘Pepe Llulla’ –quien según Pallicer era un verdadero tunante y que, a diferencia de los otros, tomó partido por el bando del norte–, y Miquel Guerrero, emigrado a territorio indígena y del cual una bahía lleva el nombre.

Información elaborada a partir de información de Marc Pallicer y textos de Jaume Sastre Moll, Miquel Àngel Casasnovas y Luis Ribot.