¿El catalán es sexista?

Lenguaje inclusivo, lengua inclusiva, lenguaje políticamente correcto, lenguaje igualitario, lenguaje visibilizador... Son muchos nombres para un mismo debate en el que parece que todo el mundo tiene algo que decir, a excepción de los lingüistas. Hoy hablamos de una cuestión pública, de actualidad y que afecta a la mitad de la población, situada bien en medio de la intersección entre la lengua y la sociedad: la lengua no sexista

04/07/2026

PalmaNunca pensé que llegaría a suceder, pero, este año, me he hecho del Barça (¡y mucho!). He estado pendiente toda la temporada y celebré el título de Liga como cualquier culé más. En casa todos tuvieron que ver la disputa de la Supercopa y los partidos de Champions. Incluso, arrastré a una amiga a Barcelona para ver el último partido de Liga. Fue la primera vez –y también la última– que pudimos ver a Alexia Putellas jugando en el Barça y, aunque la Liga ya estaba más que ganada, las azulgranas hicieron muy buen partido. No quiero desmerecer en ningún caso al equipo de Hansi Flick, pero quienes a los 24 años me han hecho seguidora del Barça son Cata, Patri, Mapi, Pina, Kika y Alexia. Para mí, y para muchísimas otras, el ‘Barça’ es el Femenino, sin el adjetivo, por defecto; es la forma no marcada, aunque contravenga la norma.

Una de las cuestiones de base en torno al debate de la lengua no sexista en catalán es la identificación de la problemática que se discute. Dicho de otra manera, sin acabar de saber bien de qué hablamos, todos quieren decir la suya. A menudo, debido a la proximidad temática, se confunden los diversos frentes abiertos relacionados con el género en el ámbito lingüístico, como explica Marina Casadellà en Som dones, som lingüistes, som moltes i diem prou. Ella menciona tres: el cambio de género gramatical en referencia a personas que lo piden, los usos del género lingüístico para personas de género no binario y el uso del femenino como plural genérico, entre otros. En este caso, nos centraremos en el último punto, el cual representa un ejemplo de las soluciones que han surgido para combatir la lengua no sexista. Para que cualquiera pueda formarse una opinión sea cual sea el tema –creo–, primero hay que conocer los argumentos de todos los bandos.

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Dos paradigmas

Podría decirse que en la actualidad conviven dos paradigmas, sintetizables en dos frases complementarias. Por un lado, los defensores de la idea de que “hay que cambiar la lengua para cambiar el mundo”, que manifiestan la voluntad de cambiar la lengua para hacerla menos sexista hacia las hablantes y para revertir la discriminación histórica que han sufrido las mujeres. Puesto que, generalmente, los defensores de esta posición pertenecen o son las mismas instituciones, se han elaborado numerosos decálogos, manuales y guías de buenas prácticas para hacer un uso no sexista del catalán. En estos documentos proponen, por ejemplo, emplear el femenino plural como genérico (‘Todas las alumnas de segundo de mi instituto han aprobado la selectividad’), usar formas dobles (‘Los jóvenes y las jóvenes que hacen deporte regularmente descansan mejor’), utilizar nombres epicenos, formas genéricas y perífrasis (como ‘población’ en lugar de ‘habitantes’, ‘notariado’ en lugar de ‘notario’ y ‘notaria’, y ‘la población mallorquina’ en lugar de ‘los mallorquines’) y cambiar las definiciones obsoletas de los diccionarios (como la de ‘alcaldesa’, que en el DIEC2 antiguamente solo era la “mujer del alcalde”). Las tres primeras, desde el punto de vista lingüístico, excluyen, fomentan el binarismo y recargan y despersonalizan el discurso, respectivamente.

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Por otro lado, hay quienes piensan –pensamos– que primero hay que cambiar el mundo y, entonces, la lengua ya cambiará, partiendo de la tesis de que las lenguas, por sí mismas, no son discriminatorias, sino que lo son las estructuras sociales. Todo el lío en torno al sexismo de la lengua parte de la confusión de los conceptos ‘sexo’, ‘género’ y ‘género gramatical’, que no deben mezclarse. El ‘género gramatical’, de acuerdo con el DIEC2, es una “categoría que en algunas lenguas da lugar a la distribución de los sustantivos en clases nominales”, es decir, una decisión arbitraria que se instauró en las bases de la lengua. De categorías, en cualquier lengua, las hay de ‘marcadas’ y de ‘no marcadas’. En catalán, el masculino, el singular y el tiempo verbal presente son las formas no marcadas. ¿Qué quiere decir esto? Que la forma ‘masculina’ al hablar de un colectivo es la no marcada, porque no tiene ninguna marca de género. Tampoco es marcada desde un punto de vista semántico en lo que respecta al sexo, como dice el lingüista Gabriel Bibiloni.

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Con el ejemplo del comienzo del texto se entiende bastante bien. Al hablar del Barça, o de cualquier equipo de fútbol, incluso las más comprometidas con la lengua nos imaginamos un seguido de jugadores, no de jugadoras. Sería la forma no marcada, por eso debemos añadirle el adjetivo ‘femenino’. El hecho de que la sociedad considere los equipos masculinos la forma ‘no marcada’ sí que es una construcción sexista, pero esta concepción no se aplica a la lengua. Ahora bien, es cierto que no asimilamos este concepto desde el primer momento en que empezamos a hablar y escribir. Cuando era mi tutora, la doctora Rosa Estopà me explicó que, años atrás, había querido crear un diccionario científico infantil y que cuando visitaba las escuelas tuvo que especificar que era ‘para niños y niñas’, porque en las aulas de Primaria ellas todavía no se sentían identificadas con el masculino genérico. No por una cuestión ideológica, sino porque de tan pequeños todavía no hemos asimilado este mecanismo.

Discriminación

Hay maneras de emplear el catalán de manera menos sexista, pero, en algunos casos, el margen de maniobra es limitado. No se puede cambiar el hecho de que existan dos géneros gramaticales, el masculino (no marcado) y el femenino, como en otras lenguas como el alemán tampoco se puede modificar el hecho de que haya tres (el masculino, el femenino y el neutro). En todo el mundo hay lenguas con casuísticas muy diversas, pero no por ello menos discriminatorias hacia las mujeres. Por eso, hay que desplazar el debate y centrarnos en otras cuestiones relacionadas con la lengua que sí que son sexistas.

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La primera, ¿qué palabras se relacionan con las mujeres? ¿Y con los hombres? ¿A quién asociáis ‘razón’ y a quién ‘emoción’, o ‘pensamiento’ y ‘sentimiento’? La segunda, en los entornos laborales se ha conseguido aumentar la presencia de las mujeres; ahora bien, desde el punto de vista del análisis del discurso, si tienen que intervenir, por ejemplo en una reunión, ¿en qué momento intervienen? ¿Cuánto intervienen? ¿Cómo intervienen? ¿Se las oye? Y, sobre todo, ¿se las escucha? La tercera, ¿qué narrativas se construyen en torno a las mujeres? ¿Cómo las tratan, lingüísticamente, la sociedad y los medios? Si os hablan de Francina y Margalida, quizás os viene la cara de una familiar, amiga o conocida. Ahora bien, si mencionan Bauzá, Antich y Matas, y entonces Francina y Margalida, ya no son las mismas. Pasa lo mismo con Soraya, Hillary y Kamala (y sus homólogos: Rajoy, Clinton y Trump) y con Arantxa (y Nadal), Alexia y Aitana (y Messi y Piqué).

En definitiva, hasta ahora se nos ha presentado el lenguaje no sexista como la panacea a las desigualdades de género que ‘la lengua perpetúa’, lo que nos ha alejado del problema real: la lengua no es sexista, pero los hablantes sí que lo son. Así, hay que repensar cómo empleamos la lengua y qué podemos hacer nosotros en este caso para provocar el cambio. Como decía la lingüista Carme Junyent, “si cambia el mundo, no sufráis, que la lengua lo reflejará”. Sabes que nos queda, de trabajo, todavía.