Y si las calles también hablasen?
Los letreros, las cartas de los restaurantes, las etiquetas y los escaparates nos muestran qué lenguas consideramos normales en cada espacio. Y esto también condiciona la manera como las usamos
Cuando camináis por la calle, ¿os fijáis en la lengua de los rótulos? Probablemente no mucho, algo bastante normal. Si pasamos delante de una cafetería y dice ‘coffee’, seguramente no somos conscientes de que acabamos de leer una palabra en inglés. Si entramos en un supermercado y vemos ‘ofertas’, probablemente tampoco nos preguntamos por qué aquello está escrito en castellano. Y si delante de un restaurante encontramos ‘pa amb oli’, es posible que todavía pensemos menos en ello. Las palabras están allí, pero no siempre las vemos como palabras. Con todo, ¿qué pasaría si, durante un día, nos fijáramos?
Seguramente descubriríamos que las calles de nuestros municipios son mucho más multilingües de lo que pensamos. Encontraríamos catalán y castellano, naturalmente, pero también inglés, alemán, italiano, francés, árabe y muchas otras lenguas. Ahora bien, en medio de este multilingüismo también descubriríamos otra cosa: no todas las lenguas aparecen de la misma manera.
Paisaje lingüístico
En sociolingüística hay un nombre para referirse a todas estas palabras, frases y textos que encontramos escritos por las calles: ‘paisaje lingüístico’. El concepto hace referencia, de manera global, a la presencia visible de las lenguas en el espacio público: los carteles, los rótulos comerciales, las indicaciones, las etiquetas, los menús, los anuncios o cualquier otro texto que podamos leer en un lugar determinado. De entrada, puede parecer una cuestión bastante inocente, pero en realidad no lo es (o, al menos, no del todo).
Si nos fijamos en una calle cualquiera, nos daremos cuenta de que las lenguas no están repartidas de cualquier manera. Hay algunas que sirven para informar, hay otras que sirven para identificar un negocio, hay algunas que se utilizan para vender y hay otras que aparecen porque aquel establecimiento quiere transmitir una determinada imagen. Y esto dice cosas sobre la sociedad, pero también sobre nosotros mismos.
En el caso de Palma, por ejemplo, el paisaje lingüístico muestra una diversidad considerable, especialmente en las zonas más turísticas, en las que al lado del catalán y el castellano aparecen a menudo el inglés y el alemán. Ahora bien, cuando nos fijamos en elementos más funcionales, como la información de los productos, los carteles interiores, las indicaciones o las cartas de los restaurantes, el castellano tiene un peso especialmente importante. En algunos establecimientos, el catalán tiene una presencia muy reducida o incluso no aparece en la rotulación.
Ante esto, nos podemos preguntar por qué ocurre. Una posible respuesta es que las lenguas no solo sirven para comunicarnos, sino que también sirven para decir quiénes somos. Pensad en el nombre de un restaurante, de una tienda de toda la vida o de una pastelería. No es extraño encontrar palabras en catalán, especialmente cuando el establecimiento quiere transmitir una determinada idea de arraigo. La lengua, en estos casos, forma parte de la imagen que se quiere proyectar.
Esto conecta con una idea de la sociolingüística de la que hablábamos hace unas semanas: la ideología de la autenticidad. De acuerdo con esta idea, una lengua puede percibirse como una expresión especialmente genuina de una comunidad, una cultura o un territorio. En el caso del catalán, esta asociación con lo local se hace especialmente visible en los nombres y en la presentación de productos tradicionales como las 'panades', los 'rubiols', los 'cocarrois' y la sobrasada. Cuando queremos remarcar que algo es propio, pues, es más fácil que aparezca el catalán.
Ahora bien, esto no significa necesariamente que el catalán sea la lengua que encontramos cuando necesitamos información. Si pasamos del nombre de la tienda a las instrucciones que hay dentro, es bastante más probable que encontremos el castellano: en las etiquetas, en las indicaciones, en las cartas y en otros textos que tienen una función estrictamente informativa. En estos casos, el castellano se asocia más fácilmente al anonimato, es decir, a la percepción de una lengua como más general, neutral y adecuada para dirigirse a un público amplio.
Y aquí tenemos una de estas ideas que, cuando las oímos, probablemente nos resultan familiares: “Lo ponemos en castellano porque así lo entenderá todo el mundo”. El problema es que esta frase no describe solo una realidad lingüística, sino que también la construye. Si cada vez que queremos llegar a todo el mundo retiramos el catalán del espacio público, acabamos transmitiendo la idea de que el catalán no es una lengua para llegar a todo el mundo. De esta manera, una decisión que parecía puramente práctica acaba convirtiéndose en una expectativa sobre qué lengua corresponde a cada situación.
Lugar y funciones
Esto es precisamente lo que hace interesante al paisaje lingüístico. Por un lado, refleja la situación lingüística de una sociedad; por el otro, también contribuye a ella. Las lenguas que vemos en un espacio determinado nos indican, de una manera más o menos explícita, cuáles tienen un lugar y qué funciones pueden ejercer en él. Si una lengua aparece habitualmente en los rótulos, las indicaciones, las etiquetas y los menús, nos acostumbramos a considerar normal que esté presente en estos ámbitos. Si, en cambio, solo la encontramos en determinados contextos, es fácil que acabemos asociándola a estas funciones y no a otras.
Os invito, pues, a mirar un poco los rótulos la próxima vez que salgáis a pasear. Quizás os daréis cuenta de que aquella cafetería que quiere ser moderna tiene el nombre en inglés pero las indicaciones en castellano o que una tienda supuestamente tradicional utiliza el catalán para presentarse pero no para informar. Y quizás también os preguntaréis por qué algunas de estas elecciones nos parecen tan naturales que hasta ahora ni siquiera las habíamos percibido.
Al fin y al cabo, el paisaje lingüístico nos cuesta verlo precisamente porque vivimos en él. Los rótulos, las etiquetas y las cartas forman parte de nuestro día a día y, por eso mismo, raramente nos detenemos a pensar en la lengua que hay detrás. Ahora bien, las calles también hablan: solo hace falta que nos fijemos un poco más.