Fotografía

Álvarez Bravo, Catany y Strand traen México a Mallorca

La Fundación Toni Catany acaba de inaugurar ‘Mexicana’, un conjunto de exposiciones y actividades que ponen en diálogo las miradas de los tres grandes fotógrafos sobre el país centroamericano

09/10/2026 - 19:30 h.

Lluchmayor“Esto es puro México”. Lo dice Aurelia Álvarez Urbajtel, hija de Manuel Álvarez Bravo, mientras recorre las salas de la Fundación Toni Catany (FTC) de Llucmajor donde acaba de inaugurarse Cuerpos, almas, calles, una selección de más de un centenar de fotografías de quien es considerado uno de los grandes representantes de la fotografía mexicana del siglo XX. Ella lo dice ante unas imágenes que, más que explicar México, parecen contenerlo: la gente de las calles, los cuerpos, los rostros, la religión, la muerte, los símbolos y los silencios. “Parecen fotos muy sencillas, pero tienen mucho misterio”, apunta el comisario de la exposición, Horacio Fernández.

Pero la frase de Aurelia Álvarez también podría servir para resumir qué pasa estos días en Llucmajor. La FTC ha abierto las puertas de par en par a México con Mexicana, un conjunto de exposiciones y actividades que durante seis meses, hasta el 30 de abril, ponen en diálogo las miradas de Manuel Álvarez Bravo, Toni Catany y Paul Strand. Tres fotógrafos y tres maneras de acercarse a un país que se convierte aquí en algo más que un lugar para retratar.

El título general, Mexicana, remite al libro que René d’Harnoncourt publicó en 1931, una obra –presente en la exposición– que, con textos y dibujos, también quería acercar al lector al país a través de su gente, los paisajes, las casas, las iglesias, los oficios y las formas de vida. En la FTC, el viaje es ahora fotográfico, con la particularidad de que una parte del recorrido pasa por la mirada de un mallorquín, Toni Catany. Él viajó a México dos veces. La primera, en 1996, le llevó a la península del Yucatán, con Mérida y Tulum como bases para explorar yacimientos mayas. En 2008 volvió y realizó una serie de imágenes marcada por la influencia de uno de sus fotógrafos admirados, Paul Strand. Ahora, por primera vez, las fotografías mexicanas de Catany se reúnen con The Mexican Portfolio de Strand, una carpeta de veinte fotos que forma parte de la colección de la FTC y que el fotógrafo de Llucmajor había incorporado a su universo de referencias.

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“¿Qué fotografiar en México? Querría hacer retratos, sobre todo”, escribía Catany antes de uno de sus viajes. También pensaba en los mercados, las casas, los paisajes y las ruinas. “Cada viaje es una incógnita: ¿qué encontraré?”, anotaba. Algunas de aquellas fotografías se publicaron posteriormente en libros autoeditados como Mèxic 2008 y El beso de Judas.

Las personas, las calles, los símbolos, pero también la edición y especialmente el cuidado por las técnicas fotográficas que trabajaban en el taller mismo acercan a Catany a Álvarez Bravo. En la muestra de México de Catany se pueden ver, entre otras, copias al platino y al paladio. Y en la exposición de Álvarez Bravo hay también copias en platino y al paladio, hechas en su taller, algunas de las cuales han sido pocas veces expuestas. No es solo la imagen, por tanto, sino también la manera de materializarla. Por cierto, la hija del mexicano recuerda que en el taller había un cartel que el fotógrafo tenía muy presente y que resumía bien aquella manera de trabajar y recordarse cómo afrontar la vida: “Hay tiempo, hay tiempo”, se repetía.

Una frase hecha de fotografías

Manuel Álvarez Bravo pensaba que cada fotografía era como una palabra dentro de una frase. Cada imagen expresaba solo una parte y era cuando se juntaba con otras que adquiría una dimensión nueva. Esta idea es casi una declaración de intenciones en Manuel Álvarez Bravo. Cuerpos, almas, calles, una exposición que Horacio Fernández ha construido con más de 100 fotografías procedentes de los archivos del mismo fotógrafo y que recorren toda su trayectoria, la puramente mexicana.

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Álvarez Bravo vivió prácticamente todo el siglo XX mexicano. Nació en 1902 y murió en 2002, y su obra se extiende desde finales de los años veinte hasta los noventa. Vivió, por tanto, el México posterior a la Revolución y aquel periodo de transformación conocido como renacimiento mexicano, en el que la voluntad de modernización convivía con la búsqueda de una identidad propia. Él fue uno de los testigos y, a la vez, uno de los creadores de este nuevo imaginario. “Fue un hombre muy de México y muy del siglo XX mexicano”, explica su hija: “Vivió la época posrevolucionaria y participó de la construcción de un nuevo México que abrazaba la tradición pero que se abría a la contemporaneidad”.

Esta tensión entre tradición y modernidad aparece en las fotografías. Álvarez Bravo era un fotógrafo de calle. No le interesaban las calles vacías ni las arquitecturas desprovistas de vida, remarca Horacio Fernández. Lo que buscaba en ellas eran las personas: caminando, tumbadas, solas, en pareja, en movimiento. “Las personas que caminan le fascinaban, también las que estaban tumbadas en la calle; el teatro de la calle”, recuerda Aurelia Álvarez. La hija de los danzantes, Los agachados, El ensueño, Muchacha viendo pájaros y Las estaciones/La muchacha del tren son algunas de las imágenes más conocidas del recorrido. Pero hay muchas otras menos vistas y algunas que se presentan como inéditas. El conjunto permite ver cómo aquella mirada aparentemente tranquila fue construyendo una fotografía que también era cotidiana y extraña. “Don Manuel parecía una persona tranquila, pero tenía un volcán por dentro”, dice su hija.

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La preocupación social también forma parte de este volcán interior. “Don Manuel decía: ‘todas mis fotos tienen contenido social’”, explica la hija: “Tenía conciencia política, aunque nunca militó en el Partido Comunista. Sí que formó parte de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) y estuvo en contacto con algunos de los principales artistas e intelectuales del México de su tiempo. Pero no le gustaba mucho la vida social”. En la muestra hay una serie de retratos que permite reconstruir su red de relaciones: Juan Rulfo, Diego Rivera, Frida Kahlo y muchos otros aparecen ante su cámara. Son retratos que no funcionan solo como un inventario de nombres ilustres, sino que explican también la cultura que interesaba al fotógrafo.

Pero si hay dos temas que atraviesan especialmente la exposición son la muerte y la religión. Horacio Fernández se detiene ante la fotografía de una tumba florida y ante otras imágenes en las que la naturaleza, las cruces, las calaveras y las formas de las vanitas convierten el paisaje en símbolo. La muerte, en el universo de Álvarez Bravo, no es necesariamente trágica. “La muerte nace con cada nueva vida”, decía.

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Aurelia Fernández explica que la familiaridad con la iconografía religiosa formaba parte de su entorno de origen. “Venía de una familia profundamente católica. Él no lo era, pero yo creo que en el fondo sí que lo era un poco”. Lo explica ante la fotografía La tercera caída. En cualquier caso, la muestra no intenta convertir las imágenes en una lección sobre México. Y este es también uno de los rasgos que Horacio Fernández destaca de la fotografía de Álvarez Bravo: evita la moralidad fácil y la denuncia explícita. Hay emoción, pero no sentimentalismo.

El poema de Octavio Paz

La idea de una fotografía que adquiere un sentido nuevo cuando se relaciona con otras imágenes es tan determinante que justifica dedicar el ámbito más amplio de la exposición al libro que Álvarez Bravo hizo con Octavio Paz. Las fotografías dialogan con el poema que el poeta dedicó al fotógrafo, imagen a imagen, verso a verso. En la muestra, el poema se lee de izquierda a derecha y cada verso queda asociado a una fotografía. El texto, por tanto, no es un simple complemento de las imágenes: marca el recorrido, acompaña la mirada y aporta contexto.

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Durante los próximos seis meses, México ocupa así la FTC. No como una única mirada, sino como una constelación. Álvarez Bravo pone en ella el país vivido y fotografiado durante más de medio siglo; Strand, la mirada de un norteamericano fascinado por las personas y las formas de la cultura mexicana; y Catany, la de un mallorquín que llegó como viajero, pero que ya llevaba las fotografías de otros fotógrafos en la memoria.

Mexicana tiene actividades paralelas que completan esta mirada hacia el país y su cultura. La próxima, el 16 de octubre, con el concierto Cuerpos sonoros, almas detenidas, proyecto musical de Manuel Sol Mateo, nieto de Álvarez Bravo, que recorrerá el México del siglo XX a través de la voz y la guitarra. Como su abuelo lo hizo con la cámara.